SEGUNDA PARTE


I
Si el tiempo lo permite.

El cielo estaba en revolución, ni limpio ni obscuro, por un lado azul y risueño, por otro ceniciento y torvo. Creeríase que en él iban á dar una gran batalla la cerrazón y la serenidad, pues una y otra se miraban desde contrapuestos horizontes, amenazándose y disputándose palmo á palmo el campo azul. El sol, neutral en esta disputa, alumbraba á ratos la tierra, y á ratos se escondía dejándola en glacial penumbra. Sin embargo, el gentío de la Plaza de Toros no temía que descargase el mal tiempo. Era una tarde como la mayor parte de las de Marzo y Abril en el suelo madrileño, arisca y ventosa; pero con más amenazas que malicias, más polvo que agua, amagando mucho y no haciendo nada, antes que á remojar botas atendiendo á levantar faldas y á arrebatar sombreros.

La Plaza estaba llena y triste. Excepto en cortos ratos, toda ella era sombra. Más triste que nunca era entonces la alta armazón de hierro pintado de color de plomo, arquitectura industrial que no se acomoda bien con el carácter desordenado, chillón, embriagador y maleante de la fiesta española. La uniformidad de los trajes que crece de día en día, con perjuicio de la estética, daría al público el aspecto de una congregación de personas sensatas reunidas en patriótico meeting, si no trastornaran el cuadro las voces, que ora son murmullo impaciente, ora roncos bramidos de pasión, ira, deleite, frenesí, hórrida música de aquella ópera sangrienta cuya letra ó drama está en el redondel.

Los pañuelos de crespón van siendo cada vez más raros: con todo, algunas manchas rojas y amarillas mariposeaban aquel día sobre la gran mancha obscura del público, y los abanicos animaban con su constante aleteo las largas filas de hombres y mujeres. Los tendidos de sombra, y especialmente el célebre número 2, centro de muchachos alegres y bulliciosos estudiantes, presentaban un gentío espeso, con alineación apretada como la de los granos de una mazorca. Más claros los de sol, daban cabida á los inquietos grupos de la gente jornalera, á los paletos, á un centenar de gandules cuyas maneras y traje parecen la exageración más grotesca de la caricatura del torero, á infelices artesanos que van á buscar en aquella orgía de impresiones fuertes un descanso á la insulsez metódica del trabajo. La esclarecida sociedad de los mataderos, de las carnicerías, de las fábricas de curtidos, los industriales del Rastro y los mercaderes de la Cebada, hervían allí como potaje en el fuego, y su murmullo, unido al cascado son de un cencerro, daba la impresión de andar por allí un animal que relinchaba coceando. Como el chisporroteo de la fritanga de sangre que está puesta á la lumbre y bulle y apesta, así salía de allí un lenguaje germanesco y nauseabundo. Lanzaba su ronca imprecación la lucha, que insolente y procaz se abría paso entre el gentío, dejando atrás un olor complejo de almizcle y cebolla; y el zafio ganapán á quien Naturaleza dió el empleo de lavar tripas de cerdo, porque no sirve ni servirá para otra cosa, hacía de su mano un caracol, lo ponía en la fiera boca, y por él arrojaba con el vaho del aguardiente un chorretazo de injurias á la Presidencia, donde sin duda estaba algún edil de la capital de España, el Gobernador ó quizás el Presidente del Consejo.

La delantera de gradas ofrecía un espectáculo mejor. Allí había no pocas mantillas blancas prendidas en hermosas cabezas, donde lucían, tan propiamente cual si en ellas hubieran nacido, rosas y camelias, quier blancas como leche, quier como sangre rojas. Las entretenidas, con su aire especial, característico, y que parece un aire de familia, su lujo chillón y su belleza comúnmente provocativa, ocupaban buena porción de la vasta hilera, codeándose aquí y allí con otras hembras de virtud no ya dudosa, sino completamente juzgada. Había caras de peregrina belleza, otras que querían fingirla de impropia manera con aplicaciones de blanquete, carmín y corcho quemado. Honradas familias de la clase media se mostraban también allí, en doméstica fila que empezaba por el padre (comerciante, bolsista incipiente, jefe de negociado, contratista de tocino para los Asilos de Beneficencia, comandante de infantería, magistrado cesante, barítono de zarzuela, agente de exhortos, habilitado de Clases pasivas, notario, profesor de piano, en fin, lo que se quiera hacer de él), y acababa con el más pequeño de los niños, alumno en San Antón, y de trecho en trecho se observaba la figura nacional de la chula rica, guapa hembra, vistosa, generalmente gorda y con cierta hinchazón de matrona romana unida á la desenvoltura de la maja castiza; orgullosa de sus ojos negros y de sus anillos que aprietan la carne enchorizada de sus dedos; esparciendo á un lado y otro miradas altivas; queriendo dar á entender que es muy señora, que tiene mucho dinero, que su prendería de ricos muebles, ó su carnicería ó su casa de préstamos son un segundo Banco Nacional, y que mientras ella viva no pasará necesidades éste ó el otro de aquellos feos circenses que están abajo, ya de verde y oro, ya de amaranto y plata, con los bárbaros trastos en la mano y el corazón ardiendo en heroísmo. Hay en la fofa gordura de estas mujeres y en su aspecto de hartazgo, en su mirada altiva y á veces cínica, mayormente si son tratantes en ganadería humana, un no sé qué de la depravada estampa de Vitelio, Otón ó Heliogábalo; sólo que suelen perder el color al oir el morituri te salutant.

Tras de la delantera, cuatro grandes filas de gente modesta, dominando el género entretenido al género honrado. Mujeres equívocas, personas sencillas, feas, bonitas ó insignificantes llenaban la grada en la región de sombra. En los palcos de arriba había también mantillas blancas, algunas sobre caducas cabezas, otras en lindísimos tipos de juventud y elegancia; claveles llenos de rubor, jazmines salpicados sobre pelo, ojos negros y azules, rosas blancas, pestañas como mariposas, labios rosados, un mirar voluble como el cabeceo de las florecillas agitadas por el viento, sonrisas que enseñaban dientes de marfil, y el imprescindible abaniqueo, lenguaje mudo, charla de mil colores, que es embeleso mareante en las grandes reuniones de gente española, lo mismo en los palcos de un teatro que en los balcones de las calles, cuando hay procesión ó parada, cuando entra un Rey ó sale á relucir una Constitución nueva. Veíanse caras ajadas que á la legua revelaban el empeño de no querer parecerlo; otras fresquísimas que se escondían tras el abanico al empezar la nauseabunda suerte de varas; mucho lujo, una atmósfera de elegancia que se creería emanaba del modo de vestir, del modo de mirar, del modo especial de ser bonita ó de no serlo, y que se extendía á todos los objetos, compañeros ó accesorios de semejante gente, desde la flor hasta el blanquete, desde la guedeja rubia que el aire hacía temblar sobre la sien, hasta el medallón atento á las palpitaciones del seno, y el guante cuyas costuras reventaban con el aplaudir de las manecitas.