—Si se matara á disgustos, María, ya estaría yo muerto y enterrado. Este infierno de fuego lento, este constante disputar, esta recriminación nuestra, motivada por la discordancia radical en nuestro modo de pensar sobre las cosas de la otra vida y aun de ésta, son golpes sucesivos que matan, sí, matan más que el hierro y el plomo. Y este dolor de la separación de dos seres; esto de sentir que dos almas ya casi soldadas se separan, se separan, tirando cada cual de su lado... porque duele, duele mucho, hija... y esto de sentir el hueco solitario y frío allí donde estaba la forma y el calor de la persona amada, y verse solo, solo...»

Profundamente conmovido, León dejó de hablar.

«De esa separación—dijo María,—tienes tú la culpa, tú, por tu carácter rebelde á todo convencimiento, por tu ceguera, por tu obstinación de ateo y materialista. ¿Pues qué he hecho yo sino ofrecerte paz y unión?

—¿Qué has de ofrecer tú, si toda eres espinas, toda sequedad y dureza? ¿Qué ofreces tú sino una paz parecida á la de los sepulcros, la paz de una devoción embrutecedora, rutinaria, absurda? ¡Si en tí no hay verdaderos sentimientos, sino afanes caprichosos, una terquedad horrible y un misticismo árido y quisquilloso que excluye el amor verdadero...! No hables de paz tú, que te has revuelto contra mí, azuzándome y destrozándome el corazón con las garras de un fanatismo feroz... porque me haces el efecto de una arpía que en vez de veneno tiene una cosa que llamas fe, y con esa fe verdaderamente diabólica me has emponzoñado.

—¡Oh!—gritó María dándose apariencia de mártir;—insúltame á mi todo lo que quieras, pero no insultes mi fe; no blasfemes.

—Yo no blasfemo; yo digo que tú, tú sola, has hecho de nuestro matrimonio un grillete de presidiarios. ¡Tú, María, tú! Parece que no es nada, y sin embargo, ¡qué horrible cosa! Cuando nos casamos, tú creías á tu modo, yo al mío; tú tenías tus ideas, yo las mías... Es tan grande mi respeto á la conciencia ajena, que no traté de arrancarte tu fe; te dí libertad completa; jamás me opuse á tus devociones, ni aun cuando empezaron á ser exageradas y á enturbiar la alegría de mi casa. Llegó un día en que te volviste loca, y lo digo así porque no hallo mejor palabra para expresar la espantosa recrudescencia de tu mojigatería desde que murió en tus brazos, hace siete meses, aquí, en mi jardín, tu desdichado hermano, y entonces ya no fuiste mujer: fuiste un basilisco de displicencia y acritud; fuiste una inquisición en forma de mujer; no sólo me martirizabas perdiendo toda amabilidad, haciéndote insoportable con tus pretensiones de santidad, sino que me perseguiste con la necia exigencia de hacer de mí un menguado beatón, un ente irrisorio. Yo procuraba apartarte de tu desvarío por medio de la persuasión; á veces hasta llegué á someterme un poco á tu ardiente capricho; pero tú pedías tanto que era imposible, imposible descender hasta esa santidad de sainete en que caíste. Llegó el momento de proceder con energía: hice esfuerzos sobrehumanos para librarte de tu propio fanatismo, y ya sabes que me fué imposible. He luchado tenazmente contigo; he empleado todos los medios, argumentos de razón, de sentimiento, hasta de fuerza: todo ha sido inútil. Tu espíritu está deplorablemente sometido á una atracción poderosa, irresistible, y vive sujeto á influencias obscuras que yo no puedo vencer. Hay en la sociedad redes subterráneas, alianzas invisibles, lazos que atan, y tijeras que rompen lazos sin que nadie lo vea. No se puede nada contra esto. Me declaro vencido, María. Mi única palabra no puede ser sino un adiós sincero, un adiós que te doy recordando que me has querido, que hemos sido felices algún tiempo. Este adiós es triste, muy triste: no hay esperanza.»

María estaba tan impaciente de hablar, que antes que él concluyera dijo:

«También yo tengo mi capítulo de cargos, y de cargos tremendos. Yo fuí criada en la religión divina y me enseñaron á practicar mi fe sinceramente y con verdad. Me casé contigo, te quise, te encontré bueno y honrado, sin comprender el horrible vacío de tu alma; pero te quise y te quiero, porque mi deber es quererte y respetarte. Pronto empecé á comprender que al enamorarme de tí había cedido á un afecto liviano; que mi elección había sido un desacierto; que tú eras incapaz de verdadera virtud; que mi alma corría grandísimo peligro de contaminarse; que no podíamos entendernos; que tus sabidurías eran muy sospechosas; que á tu lado y dejándome influir por tí y tus pestilentes ideas, podría llegar á ser muy desgraciada y á perder mis creencias... Me puse en guardia. Reconozco que fuiste tolerante conmigo, que nunca afeaste mi devoción ni te burlaste de la fe, como has hecho más tarde. ¡Ah! no puedes negarme que en la libertad que me dabas había cierto desprecio. ¡Sonreías de un modo cuando yo te hablaba de mis devociones...! Pero, en fin, así íbamos pasando. Un día me dije: «Soy una tonta si no le convierto. ¿Por qué no he de encender luz en esa alma apagada?» ¡Oh! entonces me diste á entender que yo era una loca, me diste á entender que éramos locos todos los que creíamos. Tú te sonreías, te sonreías, ¡cómo te sonreías!... y con aquella apariencia de bondad hacías burla de los dogmas sagrados. Tú me decías: «Deja las cosas como están, mujer, que cada cual se salvará como pueda.» Esto me enojaba y me hacía llorar, porque no hay, no hay, repito mil veces que no hay más que una manera de salvarse... Llegaron después aquellos días críticos, lo que yo llamo Semana Santa de mi hermano Luis, los días de la agonía de aquel serafín, á quien Dios permitió que viniese á mi lado por unos días para dirigirme por el camino del cielo... Veo que te irrita este recuerdo. Necio, no puedes olvidar tu humillación en aquellos días, cuando la presencia sola de mi hermano era para tí un motivo constante de remordimientos.»

León no contestó á su mujer ni con una mirada. Encontraba en ella un no sé qué de repulsivo que hacía retroceder sus ojos lo mismo que su cariño.