También entra Federico Viera. Este, Calderón y yo somos los únicos que pasamos un rato á ver á Orozco. Á eso de las once, Augusta nos anuncia contentísima que Tomás se ha quedado dormido, que no tiene fiebre y que pasará buena noche. Todos nos congratulamos, yo el primero, y me pongo á pensar en lo mismo, querido Equis; ya sabes... Mientras los demás roen el crimen, yo mastico mi enigma; digo, mío no, de ella, y trato de dilucidar el arduo punto de quién será su cómplice. Mi sumaria está tan embrollada como la del hecho de la calle del Baño, y á cada hora veo una pista nueva. La sigo, y nada. ¿Y qué me dices á esto, pedazo de alcornoque? Ilumíname con un rayo de tu inteligencia. ¿Dónde está el criminal que busco? Claro, si yo, que actúo de juez y tengo todos los hilos en la mano, no averiguo nada, ¿qué has de descubrir tú, lejos de personas y sucesos? Pero... ya oigo lo que me dices, y te contesto: «No me da la gana de ser razonable. Maldito sea el sentido común y quien lo inventó.»

Vacío sobre el papel mis impresiones todas, para que el papel las lleve á la culta Orbajosa. Así llama El Impulsor á esa rústica ciudad cuando habla de la procesión de San Roque ó de los bailes del Casino.

XXII

18 de Enero.

Tranquilízate. El señor de Orozco, á quien tanto admiras, está mejor, casi enteramente restablecido. Por más que tu imaginación feliz sepa figurarse cómo son las regiones celestiales; por acostumbrado que estés á concebir en tu mente el Supremo Bien, no puedes hacerte cargo del júbilo que resplandecía en la cara de Augusta al darme esta mañana la noticia. Sus ojos eran las puras divinidades, chico. La hubiera adorado de rodillas. ¿Qué quieres tú? yo soy así. Admiro lo bueno, aunque no lo entienda. Alguien que leyera lo que para tí solo escribo, preguntaría quizás: «¿Pero cómo se armoniza esto con aquello?» ¡Ah! Tú que sueles penetrar en lo recóndito del alma humana, no lo preguntarás seguramente. Hay una ciencia superficial del corazón aprendida en los teatros, donde las pasiones son presentadas en su forma rudimentaria y simple. Con arreglo á esa ciencia incompleta juzgan muchos las cosas de la vida, y cuando éstas no pasan conforme al módulo del arte dramático, dicen que no lo entienden. Yo sí que lo entiendo, y tú también, ¿verdad?

Adelante. Ví al amigo Orozco ya levantado y en amable disputa con su mujer, porque él se empeñaba en abrir el correo, y ella le reñía como á un niño para que no se ocupase de nada. La encantadora Estefanía completaba la preciosa escena. No faltaba sino que la chiquilla fuese hija de Augusta para que resultara una Sacra Familia. Vamos, que me estoy volviendo muy... doméstico y muy... patriarcal.

Dime una cosa; háblame con franqueza: ¿crees tú que aquella revelación nocturna de que te hablé, es un error mío? ¿Crees que estoy equivocado al afirmar lo que afirmo con tan profunda convicción? Ea, venga la rimpuesta, y, verdadero payo de la carta, no te la entrego, es decir, no sigo ésta hasta que la contestación llegue á mis manos.

XXIII

21 de Enero.

Ya pareció la respuesta. Te juro que me ha sorprendido. Yo creí que me contestarías estás equivocado, porque, la verdad, en mi mente empezaba á aclimatarse la sospecha de que mi revelación de marras fué, como suelen serlo otras, enteramente subjetiva. ¡Y ahora me sales tú con que estoy en lo cierto! ¡Y añades que no tienes conocimiento de hechos en qué fundarlo! Pues lo mismo me pasa á mí, chico. Afirmo sin saber por qué. Creo, como tú, que estas cosas se sienten y no se razonan. Adivinar es sentir los hechos separados de nuestra vista por el tiempo ó por el espacio; ver lo que, por invisible, parece no existente, de donde todos los sabios hemos colegido que la adivinación es una facultad parecida al estro poético. El poeta precede al historiador, y anticipa al mundo las grandes verdades. Heme aquí convertido en vate, descubriendo lo escondido, y guipando desde muy arriba las cosas, lo mismito que un águila. Pero dejemos á un lado estos amaneramientos filosóficos, y voy á satisfacer un deseo que me manifiestas en tu carta. Quieres saber mi opinión respecto á Orozco; crees que me será fácil trazarte su retrato, y deseas que lo haga con suprema imparcialidad. Pues á ello voy; ya sabes que yo no me paro en barras, y que á sincero no me gana nadie.