—Esto no puede prolongarse. Manolo, serénate. Te diré una palabra sola, la última, y ajusta á ella tu proceder.
—Venga esa palabra; venga pronto.»
Retiróse de mí, y puesta la derecha mano en la cortina de la puerta que conducía á la habitación próxima, me dijo en voz baja y con la mayor seriedad y aplomo del mundo:
«La última palabra, y quizás la confesión más sincera de que puedo alabarme en toda mi vida: no he sido honrada; pero estoy decidida á serlo ahora, y lo seré hasta el fin de mis días.»
Ví moverse la cortina, y desapareció aquella mujer, dejándome en la mayor de las soledades: la soledad del no poseer y del ignorar. Sentí impulsos de coger una silla y hacerla pedazos. Mira qué puerilidad. Me marché porque me asaltó la idea de que, si me encontraba con Orozco, me sería imposible disimular ante él mi agitación insana.
Querido Equis, yo estoy enfermo, yo no sé lo que me pasa. Esa mujer me ha desquiciado. ¿Qué debo hacer? ¿Debo insistir ó dejarla? Si no puedo; si soy un chiquillo; si esta noche, decidido á faltar á su tertulia para coquetear con mi ausencia, me he pasado las primeras horas de la noche paseándole la calle, como un cadete, por el gusto de ver los balcones de su casa y contarlos desde fuera, diciendo: «allí tiene su tocador, allí duerme...» Mira si estaré trastornado...
No he vuelto á casa de la Peri ni pienso volver. Todos me enfadan. Orozco, el ejemplar, el santo, el incomprensible, me es odioso, y todos mis amigos se me han hecho tan antipáticos como Malibrán.
Estoy fuera de mí... Hasta tú me cargas. Te pegaría, creo que te pegaría. Pero, en fin, me resigno á no perder tu preciosa amistad. Te perdono la vida. La desesperación y el despecho me inspiran cosas que presumo han de ser enormes disparates. ¡Vaya, que no quererme! ¡Esa honradez de última hora...! El diablo harto de carne... Es una bribona; no, que es un ángel... La adoro por criminal: ¡tremenda antítesis! Si me probara su inocencia, ¿acaso me gustaría menos? Tal vez... Equis, Equisillo, ven por Dios en mi ayuda.
P.D. 22 de Febrero.—Creo que si sigo en Madrid no acabaré en bien. Hoy intenté verla, y se negó á recibirme. Le he escrito. Me devolvió la carta sin abrirla. He tenido un momento de exaltación, que felizmente va pasando. Determino poner tierra por medio. Me voy á Orbajosa. Un día no más necesito para arreglar ciertos asuntos, lo estrictamente indispensable. Saldré mañana en el tren correo, y á media noche estaré en tu compañía. Por Dios, Equis de mi vida, haz todo lo posible para que no salga la música del pueblo á recibirme.