Federico seguía; pero mi padrino le cortó la palabra, airado y descompuesto, y pisando, alterna pede, como caballo que se encabrita, nos dijo: «Sepan, señores mequetrefes, que he fundado las escuelas porque me ha dado la gana, y que mis móviles no cabrán nunca en esas molleras llenas de la paja del saber oficial. Sepan también que si cobro mis rentas, no hago más que tomar lo mío, y defenderme de pillos y ladrones... ¿Pues qué querían? ¿que tenga lástima de los que se gastan mí dinero en las tabernas y en las timbas de los pueblos? ¡Pobrecicos de mi alma! Cuando me vienen llorando por las malas cosechas, yo les daría una mano de palos por tramposos, embrollones, y por esa fea maña de achacar al Cielo y á la Tierra lo que sólo es culpa de sus vicios... ¿Pues qué quieren estos mocosos, que yo deje á mis colonos reirse de mí y comerse mis rentas?...

—No; si nosotros no queremos eso... Hemos señalado una contradicción y nada más...

—No hay contradicción... ¿Pero qué entendéis vosotros de esto? Si me querrán marear estos gaznápiros... Sois muy niños para meteros conmigo... Vamos, no quiero haceros caso, no me rebajo á discutir con esta infancia enfatuada, pedantesca... Tengo canas, señores, y no las quiero ensuciar metiéndome con chicos...»

Nosotros le estrechábamos; injuriábanos él, mitad en broma, mitad en serio, y nuestra disputa habría sido interminable, si no la cortara bruscamente la llegada de un amigo de Cisneros, ex-ministro que había soltado la cartera en la última crisis, hombre muy corrido en política, y que tenía mucho metimiento en aquella casa, así como en la de Orozco. Acogióle mi padrino con exclamaciones de gozo, y el visitante no gastó preámbulos para decirle á qué venía. Pues simplemente á pedirle su voto para la elección parcial en no sé qué distrito de Castilla. Don Carlos, poseedor de grandes tierras en Tordehumos, Magaz y Valoria la Buena, tiene influencia en el país, y como se meta de hoz y de coz en la lucha electoral, se lleva de calle á los contrarios. No bien le explicó el tal sus deseos de sacar adelante al candidato amigo, Cisneros le dió un abrazo diciéndole: «Pues no faltaba más... Hoy mismo escribiré. ¿Le apoya el Gobierno? Ya sabe usted que soy ministerial de todos los ministerios, ministerial furibundo...

—Querido don Carlos, no nos apoye tanto ni nos abrace tan fuerte—dijo el otro riendo.—Temo sus caricias y su ministerialismo.

—Y con razón. Es la mejor manera de ser disolvente. Ya conoce usted mi sistema: apoyo á todos los gobiernos para que duren poco.

—Usted es de los que no temen el diluvio porque tiene ya hecha el arca. Si yo la tuviera...

—¡Que no tiene usted su arca! Yo creía que sí. Pues aquel asunto de la subvención á los ferrocarriles de vía estrecha, ¿no le proporcionó algunas tablas para su salvamento el día en que toquen á ahogarse?

—Don Carlos, don Carlos—replicó el personaje, en tono agridulce.—No es propio de persona tan respetable acoger los chismorreos del vulgo.

—Pero si yo no le retiro á usted mi estimación...