—¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, á quien el mayor- domo Mudarra…
La mujer volvió á soltar la risa con tal estrépito, que me descon- certé diciendo para mi capote: Esta debe de ser cómplice de Mudarra, y naturalmente ocultará todo lo que pueda.
—Usted está loco—añadió la desconocida.
—Lunatic, lunatic. I'm suffocated… ¡Oooh my God!
—Si, lo sé todo: vamos, no me lo oculte usted. Dígame de qué murió la señora Condesa.
—¡Qué condesa ni qué ocho cuartos, hombre de Diós!—exclamó la mujer riendo con más fuerza.
—¡Si creerá usted que me engaña á mi con sus risitas!—contesté. La condesa ha nuerto envenenada ó asesinada; no me queda la menor duda.
En esto lllegó el coche al Barrio de Pozas y yo al término de mi viaje. Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba su regocijo por verse libre de mí, y cada cual me dirigió á su destino. Yo seguí á la mujer del perro, aturdiéndola con preguntas, hasta que se metió en su casa, riendo siempre de mi empeño en averiguar vidas ajenas. Al verme solo en la calle, recordé el objeto de mi viaje y me dirigí á la casa donde debía entregar aquellos libros. Devolvílos á la persona que me los había pedido para leerlos, y me puse á pasear frente al Buen Suceso, esperando á que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de Madrid.
No podía apartar de la imaginación á la infortunada Condesa, y cada vez me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quién últimamente hablé había engañarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.
Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso á partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fué la señora inglesa sentadita donde antes estaba. Cuando me vió subir y tomar sitio á su lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso otra vez como la grana, exclamando: