—Y Fulanito, ¿qué hace? Y Fulanita, ¿dónde está?—con otras indagatorias del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida. Por último, viendo cuán inútiles eran sus tentativas para pegar la hebra, echó por camino más adecuado a su expansivo temperamento y empezó a desembuchar.

—¡Pobre condesa!—dijo expresando con un movimiento de cabeza y un visaje, su desinteresada compasión. Si hubiera seguido mis consejos, no sería en situación tan crítica.

—¡Ah! es claro,—contesté maquinalmente, ofreciendo también el tributo de mi compasión a la señora condesa.

—¡Figúrese usted,—prosiguió,—que se han dejado dominar por aquel hombre! Y aquel hombre llegará a ser el dueño de la casa.

¡Pobrecilla! Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo, y no. Urge tomar una determinación. Porque ese hombre es un infame, le creo capaz de los mayores crímenes.

—¡Ah! ¡Si es atroz!—dije yo, participando irreflexivamente de su indignación.

—Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condición que si se elevan un poco, luego no hay quien los sufra. Bien claro indica su rostro que de allí no puede salir cosa buena.

—Ya lo creo, eso salta a la vista.

—Le explicaré a usted en breves palabras. La Condesa es una mujer excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos conceptos de mejor suerte. Pero está casada con un hombre que no comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a toda clase de entretenimientos ilícitos. Ella entretanto se aburre y llora. ¿Es extraño que trate de sofocar su pena divirtiéndose honestamente aquí y allí, donde quiera que suena un piano? Es más, yo mismo se lo aconsejo y le digo: Señora, procure usted distraerse, que la vida se acaba. Al fin el señor Conde se ha de arrepentir de sus locuras y se acabarán las penas. Me parece que estoy en lo cierto.

—¡Ah! sin duda,—contesté con oficiosidad, continuando en mis adentros tan indiferente como al principio a las desventuras de la Condesa.