Grandes mudanzas habían ocurrido en la corte desde 1815 a 1819. En tan breve tiempo Fernando se había casado dos veces: la primera con Isabel de Braganza (cuyas bodas concertó en el Brasil fray Cirilo de Alameda y Brea, enviado secreto de Su Majestad Católica); la segunda con María Amalia de Sajonia, hermosa y desabrida, humilde y bondadosísima, devota y también algo poetisa. Mientras reinó Isabel, la influencia política de los criados mermó mucho en Palacio, y este fue lo que debía ser una vivienda de reyes; pero desde diciembre del 18, en que Dios se llevó de la tierra a la insigne princesa, las culebras de la camarilla empezaron a recobrar su imperio. Sin embargo, ni Alagón ni Chamorro fueron tan poderosos. Ramírez de Arellano y un tal Villar Frontín, antiguo escribano del resguardo, eran los que se comían el reino crudo.
Nueva gente se encontraba en las oficinas, en los Consejos, en Palacio, y los ministros variaban a menudo; que no es la inconstancia don peculiar de los poderes constitucionales. En seis años vi bajar y subir tantos, que casi se pierde la cuenta de ellos. Ceballos se hundió en octubre de 1816. Don Tomás Moyano había desaparecido también del escenario, cayendo en la oscuridad, de donde jamás volvió a salir, quedando tan solo, cual muestra de su paternal administración, los mil y un parientes que en su breve poltronazgo sacó de la miseria y soledad del campo; don Francisco Eguía también dejó por algún tiempo al ejército huérfano de su protección. Hubo un divertido minueto de señores ministros de la Guerra durante corto plazo, porque a Eguía sucedió Ballesteros, a Ballesteros el marqués de Campo Sagrado, y al marqués de Campo Sagrado otra vez el señor Eguía, sin cuya coleta creyérase que no podía existir la atribulada nación. La Marina había perdido a Cisneros, y era gobernada por Figueroa. Desgraciada andaba la Marina en aquellos tiempos, pues para que su orfandad fuera completa, también perdió en abril de 1817 a aquel imponderable terror de los mares, el infante don Antonio Pascual, de quien dijo el poeta:
¡Neptuno, Tetis, Céfiro y Favonio
Eterno mostrarán llanto abundante.
Pues falleció el infante don Antonio!
Así terminaba el soneto que al triste suceso dedicó don Diego Rabadán, el primero de los poetas de aquel tiempo, Rioja de los líricos y Herrera de los heroicos, hombre de esclarecido ingenio, gloria de su época, y al cual la envidiosa posteridad ha tratado injustamente, equiparándolo al don Hermógenes de Moratín... ¡Como si no fuera la mejor pieza del mundo aquel célebre soneto en que, para decir que don Antonio había muerto de pulmonía, se manifestaba que el cierzo quiso dar testimonio de su aridez,
arruinando a la España su almirante!
No puede darse imagen más hermosa ni entonación más robusta que la de aquel comienzo:
Ya vencidos de Acuario los rigores
que aprisionan a líquidos cristales...