7.ª Conspiración del conde de Montillo en Granada (1816). — El tío Pedro del 19 de marzo en Aranjuez, había sido después afrancesado en Bayona, agitador en Cádiz más tarde, y luego absolutista acérrimo en la Junta de Daroca. Hallándose de capitán general en Granada, dicen que preparó, ayudado del Grande Oriente, las sublevaciones militares que estallaron más tarde.

8.ª Gran conspiración de Lacy en Cataluña (1817). — Compañías sublevadas, gritos, entusiasmo, soborno, audacia, traición, y, por fin, mucha sangre y un bravo general arcabuceado en Mallorca.

9.ª Conspiración de Torrijos en Alicante (1817). — Proyecto de alzamiento militar en varias plazas de Levante. La Inquisición se encargó de castigar a los culpables; pero lo hizo tan mal, que desde entonces se dijo: inquisidores y masones todos son unos.

10. Conspiración de Polo en Madrid (1818). — Se dijo que Polo y sus amigos deseaban poner en el trono al venerable Carlos IV. Enviose un emisario a Roma, y como el solitario rey no tenía qué comer, no le pareció mal el proyecto. Militares muy altos anduvieron en estos enredos; pero descubierto todo, hubo muchas prisiones...

11. Conspiración de Vidal en Valencia (1819). — Trama espantosa contra el tirano Elío. Dios amparó a este, y Valencia presenció una horrible tragedia. La horca y los fusiles la desenlazaron entre lágrimas y crujido de dientes. En las cárceles no cabían los presos. Para desahogarlas, fusilaban. La tierra sedienta, pedía sangre que beber. Cruzaba los aires pavoroso hálito de odio. Oíanse pasos de gigante. Algo muy terrible se acercaba.

12. Conspiración del conde de La Bisbal en el Palmar (1819). — Durante su vida política y militar, el conde encendió siempre una vela al santo y otra al demonio. En 1814, cuando se dirigía a felicitar al rey por su vuelta, llevaba dos discursos escritos, uno en sentido liberal y otro en sentido absolutista, para espetarle aquel que mejor cuadrase a las circunstancias. En 1819, después de merendar con los conspiradores de Cádiz y los oficiales del ejército expedicionario de América, los arrestó de súbito, haciendo una escena de farsa y bulla, que le valió la gran cruz de Carlos III. El ejército estaba furioso. Padecía la fiebre devoradora de la insurrección. Desde Madrid oíamos su resoplido calenturiento, y temblábamos. En las logias no había más que militares, infinitas hechuras de aquellos cinco años de guerra, los cuales habían de emplear en algo su bravura y sus sables. Todo indicaba tormenta. Cruzaban el negro cielo relámpagos de amenaza. Nos sentíamos en el cráter de la revolución, y nuestros pies se quemaban. A cada bufido de la subterránea lava creíamos ver la erupción.

13. Conspiración de los provinciales en Galicia (1819). — Órdenes falsificadas pusieron sobre las armas las milicias gallegas. ¡Qué escándalo!... ¡hasta las milicias gallegas!... Unos echaron la culpa a los empleados de la Inspección, otros a la Capitanía general de Galicia. Ello es que hasta los escribientes se creían autorizados para hacer revoluciones. Cada oficina era un infierno, y un ordenanza habilidoso, falsificando un sello, ponía con el alma en un hilo al trono y al gobierno. ¡Qué país!

La 14 se verá más adelante.

II

¡Qué hombre tan completo era el señor don Miguel de Baraona! Su gran patriotismo, su caballerosidad, su fervor religioso, su rectitud, su entereza, le hacían tan respetable, que era imposible oírle sin subordinarse con filial sumisión a su voluntad y a su pensamiento. Merecía muy bien el remoquete de Patriarca del Zadorra, y yo se lo daba con frecuencia, para tenerle contento y parecer amable ante él. Pues ¿y aquella energía moral que desplegaba a los setenta y tantos años, cuando no podía ni empuñar la espada ni alzar la voz sin peligro de estar tosiendo tres horas? Su cuerpo caduco participaba también de aquel vigor nervioso, más semejante a los tempranos ardores de la juventud que a las voluntariedades caprichosas de los viejos, y siempre que se enfadaba o se le contradecía, daba con la trémula mano tan fuertes bastonazos, que la casa se estremecía.