Allí no se hablaba más que de las conspiraciones descubiertas, de las que se iban a descubrir, y de las que por todas partes descaradamente se fraguaban. Esta era entonces la comidilla habitual de las gentes en todo Madrid. Luego que cada cual expresaba su opinión sobre los peligros que amenazaban a la desdichada monarquía, y sobre las probabilidades de que desapareciese arrastrado por huracanes de traición, pecado y osadía el gallardo edificio del gobierno absoluto, se iban retirando los tertulios y quedábamos solos los de casa, charlando otro ratito, más ocupados de asuntos domésticos que de la revuelta política. Una noche, luego que Arriaga y don Buenaventura se retiraron, Baraona, que había estado harto pensativo durante todo el tiempo de la tertulia, pronunció, en coloquio consigo mismo, no sé qué balbucientes expresiones, y golpeando repetidas veces el brazo del sillón en que se sentaba, se encaró conmigo y me dijo:
—¡Vive Dios, que si ahora se nos escapa, estos justicias de Madrid merecerían ser ahorcados al lado de los ladrones a quienes ayudan y protegen!
Yo le miró interrogándole con los ojos.
—Querido Pipaón —añadió cuando las toses le dieron algún respiro—, tengo que comunicarte un asunto importante, y espero tu parecer, y con tu parecer tu ayuda.
—¿Qué ocurre?
—El infame asesino de mi hijo Carlos, del esposo de Jenara, está en España.
—¡Salvador Monsalud en España! —exclamé—. No lo creo. Por don Pedro Cevallos, con quien solía cartearse antes de que este fuera a Viena... (tratos de masonería, señor don Miguel), por don Pedro Cevallos, digo, que es un hermanuco de tomo y lomo, supe hace tiempo que Salvadorcillo seguía en París.
—¡Hace tiempo! No se trata de hace tiempo, se trata de ahora. Es indudable que ese vil trabaja dentro de España en las tenebrosas conspiraciones que Dios está permitiendo para fines solo conocidos de la Sabiduría infinita.
—Puede ser.
—No puede ser, sino que es —dijo repentina y enérgicamente Jenara, que hasta entonces había permanecido silenciosa—. Yo le he visto.