II
En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta. No pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila, que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana, Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres. Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...» «Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran revolucionarios porque no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran nada porque no tenían entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa, menos fuerte que su hermana en la polémica, se embarullaba, tenía rasgos de ira infantil, concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho haber perdido la escena, pues llegué cuando la tempestad había pasado, y sólo se oían truenos lejanos. En el gabinete de la derecha de la sala, la pobre Eloísa daba respiro á su corazón oprimido, diciendo entre sollozos:
—Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para ver patas arriba á tanto... idiota.
En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una silla, el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira cogida con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien formado pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la nariz un poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á usar por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los pies inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar la urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara de una vez para siempre con los... me parece que dijo «los mamalones que viven á costa del prójimo.»
—Pero, señoras —dije yo interviniendo y pasando de un gabinete á otro para ponerlas en paz—, ¿qué piropos son esos y qué furor de revoluciones ha entrado en esta casa?...
Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos demagógicos, les dije:
—Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en Lhardy.
(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras un velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.)
Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos. Otro día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió á chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío, al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos, distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna, como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba ciegamente el partido de María Juana.
—Un padre debe querer á sus hijos por igual —decía Camila aquel día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú», ó cosa por el estilo.