—Muévete ahora —me decía, apretando más las argollas de hierro de sus dedos.

Y tras esto soltó una carcajada de jayán vencedor, estúpida, mas no rencorosa. Cuando aflojó, yo apenas respiraba. No tenía fuerzas ni para despegarme del cuerpo la camisa. Él continuaba riendo, de un modo franco y leal, que por esta misma cualidad me era más odioso.

—Bromas pesadas —repitió Augusto.

—Eres un bruto, Constantino...

Nos serenamos al fin. Él se reía, y yo disimulaba mi encono, figurando tener también ganas de reirme. Todo había sido chanza, juego, gimnasia de capricho... Declaro que le guardé rencor, y para mí decía con gozosa esperanza: «En el mar nos veremos, gandul.»

Sí: en la mar era yo más fuerte, mucho más, porque nadaba muy bien, y Constantino apenas se mantenía sobre el agua. Siempre nos bañábamos juntos; era yo su maestro: enseñábale á mover los brazos; jugábamos y saltábamos, cabalgando en las olas. Cuando Camila estaba en el baño, hacía yo más, ¡oh! entonces hacía verdaderas proezas. Orgulloso de aquella habilidad que aprendí en la niñez, alumno de la marítima Inglaterra, esperaba á que mi borriquita estuviese presente para irme muy afuera, muy afuera, hasta que ya no podía más. Decíanme todos, al volver, que perdieron de vista mi sombrero de palma, lo que me llenaba de satisfacción. Todas las personas reunidas en la playa estaban con gran ansiedad y corrían murmullos de alarma. A mi triunfal regreso, dando brazadas á las olas y abofeteando la espuma, era recibido con vítores y plácemes. Yo me ponía muy hueco si Camila estaba presente; si no, no. No veía más que á ella, saliendo de su caseta ya vestida, colorada, fresca; y me decía con amable reprensión:

—¡Qué susto nos has dado! Creí que no volvías más. A ver si te dejas de gracias.

Pues un día, el que sucedió á la escena de la sala de armas, nos bañábamos, como siempre, todos á la vez. Entrambos Miquis hacían sus pinitos sobre las olas. Constantino se me montó encima, hundiéndome un rato en el mar. Salí furioso. Había llegado mi ocasión. Cegué otra vez, y agarrándole por el cogote me sumergí con él, diciendo entre dientes:

—Traga agua, perro; trágala.

Un instante nos balanceamos en el agua; dimos contra la arena. Sentí la sacudida hercúlea de mi víctima, que procuraba echarme la zarpa en los apuros de la asfixia. Cuando salí á la superficie, pensé por un momento que Constantino se había ahogado, y sentí terror. Camila, que estaba lejos, empezó á chillar. Pero su marido salió de repente, atontado, pataleteando, escupiendo agua, vomitándola... Su aparición fué acogida con carcajadas por los circunstantes. Yo me reí también, y braceando agujereé una ola. Creí que no me seguiría; pero impávido me siguió, haciendo gestos de ira cómica, la única ira que en él cabía. Y me acometió, saltóme á los hombros, y sus poderosas manos me hundieron á su vez. Dentro del agua, oí una voz que llegaba á mis oídos con esa vibración penetrante con que el mar transmite los sonidos. Camila gritaba: