Ved mi tontería... Estaba yo embelesado oyéndole estos cuentos de su intimidad doméstica.

—Poquito á poco —prosiguió—. Le he hecho romper con todos sus amigotes. Les he ido degollando uno á uno... Hoy es un niño, un angelón, y me quiere más que cuando nos casamos. Si me preguntas que por qué nos casamos, no te sabré contestar. Nos entró muy fuerte á los dos. Nos vimos por vez primera una tarde que fuí á merendar de campo en el Pardo con las de Muñoz y Nones, y al día siguiente, que era martes, nos hablamos otra vez en el Retiro. El miércoles nos dijimos cuatro sandeces por el ventanillo de casa; el jueves, miraditas en la Comedia; el viernes, carta canta... contestación; el sábado nos volvimos á hablar y juramos morirnos ó casarnos; el domingo quise yo almorzar fósforos, y el lunes entró Constantino en casa con permiso de mamá. Nos casamos contra viento y marea. La mamá de él, doña Piedad, se puso hecha un veneno, y en el Toboso se dijo que yo era una sinvergüenza, que había tenido que ver con muchos hombres. Llegaron hasta decir que... á tí te lo contaré en confianza... que yo había tenido un chiquillo. Ya ves que no me muerdo la lengua. Constantino me ha contado después todas estas tonterías de pueblo, y nos hemos reído. Su madre tenía el proyecto de casarle con una paleta rica, y él dejó todo, palurda y millones, por mí. Ya ves qué mérito tengo. Después mi suegra se ha querido reconciliar conmigo, y yo le he escrito varias cartas. Soy yo muy cuca. ¿Sabes lo que dice ahora? Que tiene ganas de conocerme. Pero yo me estoy dando lustre, y no quiero ir á la Mancha. Iremos más adelante... Y aquí termina la presente historia. Nos queremos como Adán y Eva. Le domino y me tiene dominada. No te creas... si Constantino no hubiera tenido tantos vicios, y no me hubiese yo calentado tanto los cascos para quitárselos, á estas horas nos habríamos tirado los platos á la cabeza.

No quise apartarla de aquel tema, en que tan espontáneamente se explayaba. Los recelos por la tardanza del otro la inquietaron de nuevo. Por fin le vimos aparecer solo dando zancajos.

—¿Has jugado? —le preguntó ella, impaciente.

—Jugar, ¿á qué?

—Al baccarat.

—¿Yo?... tú estás loca. Puedes creer que no.

—Lo creo, lo creo —dijo ella, rebosando de confianza—. No hay más que hablar. Pero hazme el favor de no volverte á juntar con ese lipendi. Es un perdido, que no ha tenido una fiera que le dome... Mira, mira qué bonito te has puesto.

—Si es la tiza, mujer; la tiza que se da á los tacos.

—No estás tú mal taco. En cuanto te separas de mí, ya no hay por dónde cogerte.