—Oye lo que ocurre —me dijo otro día, en ocasión que subí á su casa para que me hiciera el favor de elegirme unas alfombras—. A ver qué opinas. El ministro de Ultramar, que es muy amigo nuestro... anoche comieron él y papá en casa de la de San Salomó... ha ofrecido á Pepe un buen destino en Cuba. Dice papá que si tiene arreglo, puede sacar en un par de años cien mil duros... sin hacer cosas malas, se entiende. Otros han traído más en mucho menos tiempo. ¿Te parece que debe aceptar? En toda la noche he podido dormir pensando en esto, pues si por un lado quisiera resolver este acertijo de nuestro modo de vivir, por otro no me haría maldita gracia separarme de mi marido... Y lo que es irme yo á América... al pensarlo, no son plumas, sino nidos de avestruces lo que siento en mi garganta. El pobre Pepe no tiene salud para aquellos climas... y al mismo tiempo no sé... ¡La idea de verle entrar en casa acompañado de cien mil duros!... Es terrible alternativa ésta, ¿no es verdad? Parece que la marquesa de Cícero está ahora muy fuerte. ¿Qué opinas tú? ¿Debemos aceptar el destino?
Esta inesperada consulta me puso en gran perplejidad. Pero mi buen juicio y mi conciencia, que, teóricamente al menos, estaba llena de rectitud, inspiráronme pronto la respuesta. No: Pepe no debía exponerse á los peligros de la fiebre amarilla... no faltaba más. ¡Qué sería de su pobrecita mujer, sola y muerta de pena en Madrid!... Por ningún caso. Estaría siempre en un puro afán, pensando si le daba ó no le daba el vómito, y de correo en correo su vida sería un martirio de incertidumbre... ¿Y todo por qué? Por una riqueza ilusoria... Pepe era decente y honrado, y no sabría centuplicar, como otros, los gajes de su empleo.
—Ríete —le dije— de esas ganancias, sin hacer cosas malas. Pepe se volverá á España con las manos tan limpias como su conciencia, y los bolsillos más limpios aún...
Añadí que la Providencia se encargaría de arreglar aquel asunto mejor que el ministro de Ultramar. Por más que dijeran, Angelita Caballero no podía ya vivir mucho. Yo la había visto el día antes en su carruaje, hecha una hoz, tan encorvada que parecía estar besándose las rodillas... Paciencia, paciencia y calma.
Esto ocurría en Mayo: lo recuerdo, porque después de aquella conferencia fuimos todos, Camila inclusive, á casa de María Juana, á ver pasar la gran procesión del Centenario de Calderón. Los prudentes consejos que dí á Eloísa fueron bien acogidos por ella y aceptados con alma. Aquel día y los siguientes estuve pensando cuán fácil me sería realizar el noble sueño de mi prima, pues con parte de lo que yo gastaba en superfluidades, habría bastado para que ella tuviese aquellas cuatro paredes suyas que la traían tan desazonada. Pero esto era tan irregular y contravenía de tal modo las leyes sociales, que no era posible expresarlo ni aun como un ofrecimiento de pura fórmula, de esos que previamente sabemos no serán aceptados. Hablar de tal cosa habría sido imperdonable falta de delicadeza. Calléme, pues, repitiendo para mi sayo una cosa que más de una vez había oído de labios de la propia Eloísa en sus horas de tristeza, y era que los bienes de la tierra están muy mal repartidos.
III
Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos.
I
Con este Bueno de Guzmán había tenido yo trato anteriormente, por haber pasado conmigo una larga temporada en Jerez y Cádiz. Pocas personas poseen, como mi primo Raimundo, el don envidiable de cautivar y agradar de primera intención, porque á pocos seres concedió Naturaleza tal caudal de prendas brillantes, calidades de esas que podríamos llamar ornamentales, porque no dan valor positivo á la persona, sino que lo fingen. Cuando le conocí en Andalucía, estaba Raimundo en todo su esplendor y en el apogeo de su deslumbradora originalidad. En Madrid ya le encontré algo decaído. Se me parecía á los artistas que, abusando de sus facultades, caen en el amaneramiento. En ocasiones, lo que antes hacía en él tanta gracia principiaba á ser enfadoso. Sus excentricidades y paradojas, sus ráfagas de ingenio eran para un rato nada más. Comenzaba á tener manías estrambóticas y á padecer lamentables descuidos en su conducta social y privada. No era ya el hombre entretenidísimo, ameno y simpático de otros tiempos; mejor dicho, tenía temporadas, días muy buenos, horas felices á las que seguían períodos en que se hacía de todo punto insoportable.