—¿Pero esa loca en qué gastaba tanto dinero? Fúcar le daba, el malagueño le daba, y siempre más, más. ¡Oh, Madrid, Madrid! Yo me aturdo pensando en esto. Por el decoro de mi familia, estoy dispuesto á hacer un sacrificio y evitar el escándalo; sacrificio completamente desinteresado, pues no quiero adjudicarme ningún mueble. No; lo he dicho á mi mujer y lo repito: por la puerta de esta casa no quiero que me entre ningún trasto de los de allá. Creería que se me metía en casa un maleficio... Soy algo supersticioso. Doy con gusto alguna cantidad con tal de evitar una vergüenza; pero conste que ese dinero lo tiro por la ventana... No quiero espejitos, no quiero monigotes de tierra cocida ni por cocer, no quiero cacharrería...
También yo, viendo la generosidad de Medina, me brindé á contribuir al mismo fin por decoro de los Buenos de Guzmán, y Torres ofreció encargarse de entrar en negociaciones con los acreedores. No hallándose en el caso de tener escrúpulos, se quedaría con algunos objetos de mérito artístico. Luego tuvimos que callarnos, porque se nos acercó mi tío Rafael, que sabía también la catástrofe; pero no hablaba de ella. Tiempo hacía que el pobre señor estaba muy cambiado, triste, pensativo, con tendencias á la taciturnidad, fenómeno muy raro en él; pero aquella noche le ví completamente agobiado por secreta pesadumbre. Apenas hablaba, se distraía con frecuencia, y daba unos suspiros que partían el alma.
—Usted debiera irse al monte por dos ó tres días —le dije.
Y él me contestó, mirando al suelo, que aquello no se remediaba con montes. Su estado físico corría parejas con su abatimiento moral, y la humedad de sus párpados era tan grande, que ni un momento soltaba el pañuelo de la mano.
Encontré á María Juana bastante mejorada al día siguiente, mas no completamente bien. ¡Todavía el maldito paño!... Y apretaba los dientes y reclinaba la cabeza en el sofá, mirándome con cierto desvanecimiento en los ojos.
—Por supuesto —decía de improviso—, he comprendido que Cristóbal tiene razón al no querer que entre aquí ningún trasto de aquella casa. Cristóbal sabe ser generoso. Así se portan los hombres. No harían todos otro tanto.
Y un día después, ya completamente sosegada de los pícaros nervios, me dijo con desabrimiento:
—Al fin creo que Torres se queda con el espejo horizontal y con el cuadro de Sala. Seguramente los tomará por un pedazo de pan, porque esa gente es así. ¡Quién le había de decir á Paca, hace doce años, cuando era doncella de servicio, que iba á tener en su casa tales preciosidades! Es un escándalo cómo sube esta gentuza, y cómo se va apoderando de lo que no les corresponde por su falta de educación.
Paca era la mujer de Torres, y aunque amiga de mi prima, la amistad no obstaba para que ésta la tratase como la trató en aquella ocasión: con increíble menosprecio. Hízome de ella y de sus escasas dotes una pintura cruel: apenas sabía leer; era mucho más ordinaria que No Cabe Más, y únicamente se recomendaba por su falta de pretensiones y lo bien que cuidaba de sus hijos. No tardé en comprender que María Juana le perdonaba á Paca Torres su escasa educación; pero no aquella desvergüenza de acaparar los objetos de gran lujo que habían pertenecido á Eloísa. La mayor de las groserías es la improvisación de la fortuna, y poner las manos sucias, mojadas aún con el agua de un fregadero, en los emblemas de nobleza, pertenecientes por natural derecho á las personas bien nacidas.