—No se harta de dormir la pobrecita —me dijo Camila sentándose junto á mí en el salón desierto, y sacando una obrilla de gancho con que se entretenía.
Ni caída del Cielo. Estábamos solos; nadie nos turbaba. No menté á Constantino ni hice alusión al disgustillo. Hablé tan sólo de mí, de aquella pasión loca que me consumía, y que por providencia de Dios había venido á ser fina, delicada, platónica, lo sublime de la amistad, si me era permitido decirlo así. ¡Oh! yo no deseaba que ella faltase á sus deberes; adorábala honrada; quizás infiel no la adoraría tanto. Me entusiasmaba su virtud, y por nada del mundo destruiría yo esta celestial corona tan bien puesta en sus nobles sienes... Yo no pretendía de ella sino un cariño puro, leal, diáfano como el mío, enteramente limpio de deshonra y malicia. No recuerdo si saqué á relucir también lo del armiño, que es de reglamento; pero de fijo no se me quedó por decir lo del altar en mi corazón y otras imágenes muy al caso.
Y ¡cosa singular! estas tonterías, que ella calificaba siempre con el injurioso dicterio de papas, no la alborotaron aquel día como otras veces. Oíame callada, los ojos fijos en su obra, haciendo, al meter y sacar el gancho, las mismas muequecillas que hacía cuando trazaba números; y de tiempo en tiempo me miraba sin decir más que «papas, papas.» Parecióme que aquello lo decía maquinalmente, y que en realidad mis palabras trazaban surco en su alma. ¿Sería ficción de mi anhelo? Ocurrióme que aquella casa maldita obraba con perversa influencia sobre el resistente espíritu de la señora de Miquis, introduciendo en él por diabólico modo un germen de fragilidad. Porque era muy particular que, oyendo lo que había oído, no me llamase, como de costumbre, tísico, indecente, simplín. Estaba un tanto descolorida y pensativa, muy pensativa. Sobre esto no podía tener duda. Oyóse el timbre eléctrico de la alcoba de Eloísa. La enferma llamaba. Levantóse prontamente Camila, y cuando iba por la habitación próxima, le oí pronunciar con claridad su estribillo: «papas, papas.» Un detalle precioso. Al retirarse, dejó su labor en el sofá en que nos sentábamos; sí: allí, junto á mi muslo, quedaron el ovillo blanco, el gancho, la roseta á medio hacer. «Piensa volver, y volverá.»
Pasó mucho tiempo, así como medio siglo, y viendo que no parecía, cogí la labor y, metiéndomela en el bolsillo, fuí en busca de mi borriquita. Al salir al pasillo tropecé con una figura majestuosa que en tal instante empujaba la mampara de la antesala. Era la señora de Medina, que en el caso aquél de enfermedad grave, olvidaba sus resentimientos y sabía cumplir los deberes de familia. Creo que se alegró mucho de verme. Su cara de estatua de la Verdad se encendió un poco.
—Ya sé que está mejor —me dijo—, y completamente fuera de peligro.
No habíamos dado diez pasos hacia el gabinete, cuando me tomó por un brazo diciéndome:
—Explícame una cosa. ¿Qué obra es esa que pensaba hacer Eloísa; esa estufa, ese techo de cristales?
Pasamos al segundo salón, y desde una de las ventanas que daban al patio hícele la descripción del proyecto.
—Pues de fijo habría sido muy bonito... —observó mi prima—. Y lo que es ahora... da dolor ver lo desmantelado que está todo. Dí otra cosa. ¿Dónde estaban los dos cuadros del viejo y la chula, con reflectores?
—Ahí, á los dos lados de esa puerta.