—Eh, Micaela. Me parece que ha entrado alguien. ¿La señorita tiene visita?

—Sí, señor. Ahí está la hermana del señor marqués de Cícero, y ese caballero ciego...

—¡Ah! el pobre Trujillo.

—Pues yo no paso hasta que no se vayan —indicó María Juana, haciéndome señas de que la siguiera—. Dime otra cosa. El salón de baile, ¿no se abría sino muy de tarde en tarde...?

—Cierto. Casi siempre le ví cerrado. No se había concluído de decorar. Eloísa pensaba inaugurarlo con un gran baile.

—Vamos por aquella puerta... Ve tú delante para que me guíes. Quiero que me saques de otra duda.

A todas sus preguntas contestaba yo lo primero que me ocurría. Mostraba la sapientísima señora curiosidad viva y anhelo de conocer las costumbres de aquella casa en sus días de auge. A veces disimulaba este interés diciendo con solapado menosprecio:

—¡Cuánta tontería! Luego nos pasmamos de las catástrofes. Razón tiene Medina en decir que todas estas etiquetas son invenciones del Diablo.

Entramos y salimos, pasando de pieza en pieza. Yo estaba un tanto mareado, y con ganas de sentarme.

—Es un laberinto este caserón —dijo mi prima—. Jamás lo he podido entender. ¿A dónde salimos ahora? ¿Qué puerta es ésta?