Y seguía probándose botas...
—¡Ay! ésta cómo aprieta; pero se irá ensanchando... Nada, para mí. Lo que siento es que no haya calzado de hombre, para abastecer también á mi marido... Veamos esta otra. Mira, ¡qué bien! Ni encargadas, chico.
Nos fijamos entonces en el maniquí, que estaba en un ángulo, arrumbado, tieso, desnudo, con una pata rota, y la estúpida mirada perdida en el vacío de la habitación, como asombrándose de que se le tuviera en menos que una persona.
—Mira, aquí probaba Eloísa sus vestidos —observó María Juana, echándole los lentes y elevándolo á la dignidad que él deseaba tener.
—Te voy á enseñar una cosa que te va á dejar lela —dijo Camila viniendo hacia nosotros con un poco de cojera, pues traía un zapato suyo en un pie y una bota de Eloísa de tacón alto en el otro.
De uno de los armarios sacó un vestido.
—Mira esta falda con delantera de encajes...
—Y es todo del más rico Valenciennes. ¿Pero esto se lo llegó á poner alguna vez?
—Creo que no —indiqué—: lo reservaba para el gran baile.
—Ahí tienes... Yo me llevaría esta falda á casa para hacer una parecida con encajes de imitación; pero bueno se pondría Medina.