—Mi hombre —dijo Camila mirando la librería— está más limpio que yo. Figúrate que soy una sabia á su lado. Ayer me disputaba que la Australia es una isla del Asia. ¿No es verdad que está en la Oceanía, y que no es isla, sino continente, donde hay mucho salvaje? Y decía que Federico el Grande era Emperador y que lo llamaban Barbarroja, y que se debe decir carnecería y no carnicería... En fin, préstanos libros, y yo te respondo de que se le pegará algo, pues aunque tenga que abrirle algún agujero en la cabeza, él ha de aprender ó no soy quien soy. No quiero más burros en mi casa. A ver, querido Cacaseno, echa un vistazo á estos letreros y escoge lo que mejor suene en tus orejas para que te civilices... ¿Qué es esto? Muller... Historia Universal. ¡Hala! te conviene. A ver si te lo tragas todo. Chaskepire... ¡inglés! Nos estorba lo negro, chico; y aunque estuviera en castellano, éstas son muchas mieles para tu boca... Sigue mirando. No, no me cojas un verso porque te divido. Prosa, hijito; prosas claras que enseñen lo que se debe saber. Historia, y alguna novela para que me la leas á mí de noche. ¿Qué es esto? Life of... Esto es cosa de la jilife. Déjalo ahí. No va con nosotros. Don Quijote... ¡Hala! tu paisano: llévalo. ¿Y esto? Padre Rivadeneyra... Esto de padre me huele á religión... No te metas con eso. La Revolución francesa... Cógelo, cógelo...
Constantino apartó muchas obras. Después cayó su esposa en la cuenta de que en vez de llevarse un quintal de papel, era mejor que fuesen tomando los libros conforme los necesitasen.
—¡Hala! carga con el Muller, y vete subiendo, ¡arre! —dijo á su marido, que obedeció.
Quedóse ella detrás, y cuando el otro estaba ya en la escalera, volvióse hacia mí y me dijo con secreteo:
—No quería hablarte de esto delante de mi cara mitad; pero en dos palabras, ahora que él no nos oye...
—¿Qué? —preguntéle con afán.
—Que me vas á dar toda la ropa que deseches. Yo veo que tú te haces muchos trajes muy buenos y que sólo te los pones un mes. Es un despilfarro. Yo aprovecharé para mi pobre Bertoldo lo que me quieras dar. Es una lástima que lo des todo á tus criados.
—Pero, mujer, es humillarle...
—Déjate de monsergas... Me das unos pantaloncitos, ó dos, ó tres, y yo se los arreglo á él... Lo mismo te digo de algún chaqué ó americana.
—Me parece que...