—Es que la puerta del gabinete estará cerrada, y en el pomo del picaporte habré colgado el barómetro; de modo que no tiene más remedio que verlo al querer entrar... Entonces suelto el trapo á reir; él comprende la broma y suelta el trapo también, y aquí paz y después gloria. Nos dormiremos como unos benditos, y hasta otra. No te creas: él también me da sorpresas á mí; pero no tiene ingenio para inventar cositas chuscas como yo. Cuando me regala algo, lo trae escondido; pero en la cara le conozco que hay sorpresa. Frunce las cejas, alarga la jeta y dice con muy mala sombra: «¡Vaya unas horas de comer! Esto no se puede aguantar.» Yo, que leo en él, me hago también la enfadada, y me pongo á chillar: «Bertoldo, Cacaseno de mil demonios, si no te callas... Pero tú me traes algo: dámelo y no me tengas en ascuas.» Entonces saca lo que esconde y me dice riendo: «Si es sorpresa...» Yo, de una manotada, ¡pim!... se lo arrebato...

No la dejé concluir. El deseo de estrecharla contra mí, de comérmela á caricias era tan fuerte, que no estaba en mi flaca voluntad el contenerlo; deseo casto por el pronto, aunque no lo pareciera, nacido de los sentimientos más puros del corazón; deseo que si con algo innoble se mezclaba, era con la maleza de la envidia, por ver yo en poder de otro hombre tesoro como aquél. Y la cogí antes que se me pudiera escapar, haciendo presa en ella con un furor nervioso que me dió momentáneo poder.

—¡Quiéreme ó te mato —le dije con desazón epiléptica, fuera de mí, atenazándola con mis brazos y dando hocicadas sobre cuantas partes suyas me cayeran delante de la cara—; quiéreme ó te mato! Que todo no sea para él; algo para mí. Te estoy queriendo como un niño, y tú nada...

Habíais de ver la gran contienda entre los dos. Mi fuerza nerviosa se extinguía. Pronto pudo ella más que yo. Era mujer sana, dura, templada en el ejercicio y en la vida regular. Sus brazos no sólo se desprendieron de los míos, sino que los dominaron. El aliento me faltaba por instantes; el pecho se me oprimía, más que con el poder de los brazos de ella, con la dilatación de no sé qué angustia interior, que era el sentimiento de mi fracaso. Por fin, vencido, campeó ella sobre mí, y empujándome de un lado, me dejó caer sobre la otra silla. Las dos formaban como un sofá. Sus manos aprisionaron mis muñecas como argollas de hierro. ¡Una mujer tenía más fuerzas que yo, y me acogotaba como á un cordero!

—¿Ves cómo te meto en un puño, tísico? ¡Si eres un muñeco; si no tienes sangre en las venas; si los vicios te tienen desainado! No sirves para una mujer de verdad, sino para esas tías tan tísicas, tan fulastres como tú... perdido.

La ví encenderse en verdadera cólera. Aquel manojito de gracias, aquel ramillete de chistes, nunca se había presentado á mis ojos en la transformación fisiológica de la ira. En tal instante miréla por primera vez airada, y me acobardé cual no me he acobardado nunca. La ví palidecer, dar una fuerte patada; la oí tartamudear dos ó tres palabras; levantó la pierna derecha, quitóse con rápido movimiento una de aquellas enormes botas, la esgrimió en la mano derecha, y me sentó la suela en la cara una, dos, tres veces: la primera vez un poco fuerte, la segunda y tercera más suave... Yo cerré los ojos y aguanté. Tan quemado estaba por dentro, que me dolió poco...

—¡Ay —exclamé—, si me mataras á zapatazos como se mata una cucaracha, qué favor me harías!...

La ví volverse á calzar, sustentándose en un solo pie con extremada gallardía. Después se arregló el pelo y la chambra. Respiraba fuerte y se había puesto encarnada. Poco á poco aquella terrible y nunca vista cólera se iba disipando, y Camila volvía á ser Camila. Una sonrisa le desfloró los labios, dándome á conocer que sentía cierto temor de haberme pegado demasiado fuerte. Miróme con atención á punto que yo me llevaba las manos á la cara.

—¿Qué tal, escuece? —me dijo—. Tú te tienes la culpa por pesado. Yo las gasto así. ¿Qué es eso? Sangre. Me alegro: vuelve por otra. Así, así: quiero que lleves estampadas en tu hocico las suelas de mi marido.

Creédmelo: cuando no me eché á llorar en aquel instante como un ternero, es seguro que las fuentes del llanto estaban agotadas en mí. Y más me afligí viendo á Camila salir y volver con un vaso de agua y un trapo de hilo, el cual humedeció para lavarme la cara. Y se reía curándome.