—Hola, chico, ¿tú por aquí?
—¿Qué me traes? —le dijo Camila.
—Nada más que estos jacintos.
—¡Qué bonitos y qué bien huelen! Ponlos en ese jarro, por el pronto. Oye: dale uno á este estafermo, que bien se lo merece. Me estaba ayudando á poner los trastos en el vasar de arriba, y se le vino encima el caldero grande: mira la contusión que tiene en la mejilla... ¿Sabes de lo que hablábamos ahora?...
Otro campanillazo cortó el concepto de mi prima. «¿Qué iría á decir?» pensé yo; y ella dijo:
—¿Quién será?
Constantino fué á abrir, y oímos esta exclamación:
—¡Oh, señora doña Eloísa!... ¿Usted por aquí?
No sé por qué me dió mala espina la tal visita. Y mi corazonada se acentuó más cuando ví á Eloísa. Había recobrado su hermosura, y fuera de la palidez y demacración, no quedaban rastros en su cara del pasado arrechucho. Pero venía tan cejijunta, nos saludó á todos con tanta sequedad, me miraba de un modo tan extraño, que barrunté algo desusado, serio y muy desagradable. «Esta prójima, que muy rara vez viene aquí —pensé—, trae hoy alguna historia... Me las guillo.»
A lo que le preguntamos sobre su salud, contestaba Eloísa de mala gana y con impertinencia. Quería hablar de otra cosa. Pasó al comedor con Miquis y conmigo. Camila quedóse en la cocina trasteando.