A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme, peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos de ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable en la música nacional, con patético acento en la dramática. Su voz era bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la guitarra. Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas y amarillas que parecía un trofeo, la melena del león de España convertida en emblema de la dulzura indolente de nuestros cantos populares. La figura morena, esbelta y gitanesca de Camila era digna de ser pintada en aquella facha de cantadora, con estremecimientos epilépticos, ojos en blanco, gemidos de placer que duele, y mil visajes y donaires en su boca grande, fresca y sin vergüenza. En el piano (un media-cola de Pleyel con caja de palisandro y meple), Camila sabía tomar luego la actitud elegante y sentimental de una concertista inglesa, hasta el momento en que, rompiendo la etiqueta y dejándose llevar de su natural bullanguero, empezaba á hacer los mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo flamenco. Mi pobre piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á cada instante, hería las teclas como una furia, sacando del instrumento expresiones de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la contemplaba embobado, y era como el director del concierto. No quería que ninguna habilidad de su mujer fuese desconocida, y sin dejarla descansar decía: «Ahora, Camililla, tócanos el Testamento, el Vorrei morir de Tosti, los couplets de Bocaccio y del Petit Duc.» Todos los presentes estaban admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque en mi obsequio se hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin poderlo manifestar. No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía mucho su buena intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda mi alma que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes no me la hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia nuestra al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios. Cuando se ponía á jugar á la besigue con Carrillo y con mi tía Pilar y Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar, aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el tin-tin de Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el atril.
A última hora, cuando las mujeres se retiraban con sus respectivos esposos, entraba mi tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba, cuando ya me entregaba yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de cámara. Principiaba por decirme dónde había comido, lo que se había hablado... Cánovas había dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como una navaja de afeitar... Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán tenía particular empeño por aquellos días, poniendo en ello todos los recursos persuasivos de su locuacidad inagotable, era en informarme de la famosa conversión de nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba unos solos que me partían. Al fin teníamos un ministro de Hacienda de pensamientos altos; al fin había planes verdaderos y profundos en la casa de la calle de Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la multiplicidad laberíntica de nuestros valores. Y con prolijos detalles me enteraba mi tío de aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme por mi afición á los negocios. La turbamulta de papeles diversos llamados Obligaciones del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos al portador de la Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos del 2 por 100 amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo en un 4 por 100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales, y emitido al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el ministro y los comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros valores. El 3 por 100 y los Ferros se convertirían en un 4 por 100 Perpetuo. El tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los segundos de 87,50, y los nuevos títulos saldrían al mercado en Mayo. Jamás en un cerebro de ministro español se engendró y realizó proyecto tan vasto... Las Cubas no se convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear en acciones del Banco de España el dinero que tenía en papel inglés sin más producto que un escuálido 2 por 100, bien podía apresurarme, pues las acciones andaban alrededor de 495. Mi tío creía firmemente que se plantarían en 500, tipo del cual no era fácil que pasaran... Yo oía estas cosas con bastante interés al principio; mas tanta charla, exacerbando al fin el ruido de mis oídos, producíame aturdimiento y unas ganas vivísimas de que el buen señor se retirara. Dejábame al fin medio dormido, delirando en cosas de amor y proyectos bursátiles, viendo cómo los viejos Ferros y las Obligaciones de Aduanas se despedían del mundo financiero, con lágrimas y jipidos, antes de ser absorbidos por los novísimos títulos; viendo al veterano y decrépito Consolidado espirar sobre un lecho de números, para dar vida, de sus cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del Tesoro protestaban de aquella muerte airada, y amenazaban al Sr. Camacho con una pistola cargada de cupones. Las acciones del Banco de España se paseaban orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir que ellas treparían á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y subían siempre no me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los pies para que no subieran tanto.
V
Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre Kitty.
I
Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños, vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid buena castaña, buena nuez. No estuve en situación de salir de casa hasta los días precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana nos dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince, todos de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la casa estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que mi endeble estómago exigía. Todo lo que sirvieron parecióme excelente; pero Eloísa, que era un tanto criticona, me habló en confianza al día siguiente de la abundancia ordinaria que reinaba en la mesa y de las maneras excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien ella no podía menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra en uno de sus admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la cena digno de contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo su mujer que llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el infeliz de una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía de ser alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó cosa tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando fuí á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la feliz aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad, como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un gallo.
Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto pocos días antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á su marido, al tener dinero, era contribuir á la fundación de un periodicazo que iba á salir pronto. ¿No era esto una tontería? Las cosas que Carrillo me hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente, tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así: «Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella sin merecerla.»
Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de mis pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad contra mal tan grande. Lo hacían doblemente grave lo criminal del objeto y lo divino del origen. Diré las cosas claras, así es mejor. Aquella prima mía me gustaba tanto, tanto, que por el simple hecho de gustarme extraordinariamente la consideraba mía. El ser de otro era un desafuero, una equivocación de los hombres, nacida de una trastada del tiempo. ¿Por qué no vine yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no se podía deshacer lo hecho atropellada y neciamente? Con este modo de razonar cohonestaba yo mi criminal inclinación, apoyándola en el fuero de la Naturaleza y dando de lado á las leyes sociales y eclesiásticas.
Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando, movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados, los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba que enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa confusión!