—No llevarás tu maldad —prosiguió, pasándome la mano por la cabeza— hasta el extremo de ahuyentar el ángel bueno que te persigue para salvarte... Comprenderás que te conviene entregarte á él en cuerpo y alma, someterte á su voluntad y á sus consejos, que serán, te lo aseguro, consejos de prudencia. Confíale todo lo que sientas y pienses, pues sólo así puede tu ángel bueno responder de tu salvación.

Todo aquello de las salvaciones, que María Juana traía siempre á cuento, se me figuraba á mí cosa de comedia ó novela, mejor aún de ópera, pues todos los libretos están fundados en el quid de salvar el tenor á la tiple ó viceversa, y hay mucho de salvarmi non potrai... ó corro á salvarti. Pero en aquel caso no ví ni sombra de ridiculez en las salvaciones de mi prima, sino, por el contrario, un cierto espíritu de fraternidad, de cariño y hasta de unción religiosa.

La despedí muy cordial y agradecido; y ella, al partir, quejábase de amagos de aquella maldita neurosis que consistía en suponerse con un pedazo de paño entre los dientes... ¡Y un fatal instinto la obligaba á masticarlo! ¡Pobrecita!

II

Y aún ocurrió algo más que merece contarse. Otro día, en mi casa, observé en María Juana una jovialidad que no se armonizaba con aquel tupé suyo ni con la postura académica y teológica que había adoptado como se adopta un color ó un perfume. Noté en ella flexibilidad de espíritu, cierto prurito de hacer extravagancias. Dime á pensar en este fenómeno, y me ocurrió que la vida es un constante trabajo de asimilación en todos los órdenes; que en el moral vivimos, porque nos apropiamos constantemente ideas, sentimientos, modos de ser que se producen á nuestro lado, y que al paso que de las disgregaciones nuestras se nutren otros, nosotros nos nutrimos de los infinitos productos del vivir ajeno. La facultad de asimilación varía según la edad y las circunstancias: en las épocas críticas y en las crisis de pasiones adquiere gran desarrollo. Raimundo hablaba también de esto, y lo expresaba de una manera gráfica diciendo:

—El alma es porosa, y lo que llamamos entusiasmo no es más que la absorción de las ideas que nadan en la atmósfera.

Pues bien: á mí se me figuraba ver á María Juana en una crisis de ánimo y propendiendo á asimilarse, en la medida de lo posible, las formas del carácter singularísimo de su hermana Camila. ¿En qué me fundaba yo para suponer esto? En que la ví como buscando ocasiones de hacer alguna travesura, y queriendo ser jovial con inocencia y maliciosa con aturdimiento. Pero era forzoso confesar que los resultados no correspondían al esfuerzo de la tentativa, y que el plagio no alcanzaba ni con mucho las alturas del insigne original. Sin embargo, vais á ver un hecho y á juzgarlo por vosotros mismos.

Habíamos charlado de varias cosas. Entre otras, me dijo:

—La gente de arriba está más calmada. Pero aunque el pobre chico parece no dudar de su mujer, tiene la centella en el cuerpo, y se ha vuelto suspicaz, escamón. En una palabra, hijo, que han perdido la inocencia, la confianza absoluta el uno en el otro, y se observan, se discuten y se temen.

Tuve que salir á la sala á recibir á Samaniego, con quien hablé como un cuarto de hora. Cuando volví á mi gabinete, poniéndome á firmar varias cartas-compromisos, sentí á María Juana trasteando en mi alcoba, haciendo algo que no pude comprender de pronto. Ello debía de ser alguna humorada, porque la sentí reir. Atento á mis asuntos, no hice caso. De pronto la ví salir, y se despidió de mí conteniendo la risa que jugaba en sus labios. ¿Qué había hecho? También me sonreí y nos dijimos adiós.