—Sí, porque nos hace falta tu casa... Este tipo también nos quiere hacer gorrones. Constantino, dile lo que te dije... No: pegar, no. ¡A dónde iría á parar el tísico si tú me le echaras la zarpa!...
—Este señor y yo —repliqué sentándome y buscando el sendero de las bromas para salir de aquella situación— tenemos concertado un lance. Déjanos á nosotros, que nos entenderemos.
—¡Un lance!... Eso querrías tú para darte más lustre. Mi marido no se bate con momias, ¿verdad, hijo? Quería darte una soba en público... Decía que de este modo... ya entiendes; pero yo se lo he quitado de la cabeza.
—¿Es verdad esto, Constantino?
—Es verdad —replicó él con su sincera honradez.
La firmeza con que lo decía era un insulto; pero yo tenía que tragármelo, porque mi situación era muy delicada. Salir con susceptibilidades cuando iba á solicitar perdón y amistad, no podía ser. Quise que las inspiraciones de mi corazón me guiaran para salir de aquel atolladero, y mirándoles á entrambos, el alma en mis ojos, les dije:
—Queridos amigos, no he venido á reñir, sino á hacer paces con vosotros. Si para esto es preciso que me humille, me humillaré.
—No queremos amistades —aseguró Miquis con brutal energía.
—¿Pues qué queréis?
—Que nos deje usted en paz y se plante de la puerta afuera.