—Bien, bien —gritó Camila, dando palmadas.
Aquello de las varas era improvisado, y por eso tenía ante el criterio de la esposa maestra un mérito mayor.
—¿De modo que no os dais á partido?
—Ni mi mujer ni yo queremos ninguna clase de relaciones con usted. Me parece que hablo castellano.
—¡Y tan castellano!
—Nada, hombre, que te quites de en medio —decía la ingrata, señalándome la puerta—. Que aquí estás de más.
Cuando la ví que me arrojaba de aquella manera, mi dolor fué horrible, porque, creédmelo, nunca la quise más, nunca la ví tan hermosa y adorable como en aquel lance, defendiendo de mí su hogar y su paz. Sentí mi boca más amarga que la hiel. Una de dos: ó fajarme allí mismo con el bruto, que de seguro, en tal caso, me aniquilaría de un zarpazo, ú obedecer á aquel látigo de la honradez susceptible y marcharme huído, avergonzado, en la situación más triste, ridícula y poco airosa del mundo. Pero bien ganado me lo tenía. Decir cómo bajé las escaleras, me sería imposible. Al promedio de ellas me sentí acometido de uno de esos impulsos de maldad de que no se libran, en momentos críticos, ni las naturalezas más delicadas y bondadosas; vínome á la boca no sé qué espuma de sangre; me sentí ruin, villano y con ganas de hacer todo el daño posible. Mi amor propio, ultrajado y escupido, sugeríame venganzas soeces, de esas que se consuman á las puertas de las tabernas y de los garitos; y en aquel rato de frenesí, me puse al nivel de los cobardes ó de las procaces mujeres de las plazuelas. Como el calamar á quien sacan del agua escupe su tinta negra, así yo, encarándome hacia arriba, solté el chorretazo de mi rabia estúpida en estas palabras, que no sé si fueron dichas á media voz ó sólo pensadas: «¡Si estáis deshonrados...! ¡Si aunque queráis, no podéis quitaros de encima la piedra que os ha caído, pobres idiotas...!»
III
Felizmente, de estas abominaciones, producto momentáneo de estados instintivos en que casi se pierde la responsabilidad, arrepentíame yo pronto, conociendo y condenando mi propia infamia. Desde aquel día mi desatino tomó ya proporciones aterradoras. Todas las locuras que yo había hecho antes y que puntualmente quedan referidas, eran razonables en comparación de las que hice después. ¡Qué días aquéllos en que Raimundo se me representaba como un modelo de cordura, asiento y respetabilidad! Se me iba la cabeza; se me desvanecía la memoria; olvidábame hasta de las cosas más importantes, y de nombres y cifras que me interesaban grandemente. Unas veces no podía apartar del pensamiento la idea de mi próxima muerte, y la deseaba; otras entrábame un flujo tal de proyectos, que me volvía tarumba, dándoles vueltas de noche en mi cerebro, mientras mi cuerpo las daba en la cama, sin poder gustar ni un sorbo de sueño. Entre estos proyectos los había financieros y amorosos, todos girando sobre el eje de mi desesperada pasión por Camila. Completamente ebrio, me decía: «La época de las barbaridades ha llegado. La sorprendo, la robo, la amarro, la meto en un coche y me voy á América... Enveneno á Constantino, ó le asesino por la espalda, ó le emparedo...» Estos disparates eran los puntos rojizos que estrellaban la negra bóveda de mis insomnios. Por las mañanas, el más insignificante suceso me producía fuertes emociones, ora dulces, ora amargas. Ver subir á la criada de los Miquis con la cesta de la compra bien repleta, me hacía cosquillas en el espíritu. Oir desde mi casa el piano del tercero, me ponía en estado de echarme á llorar. Por las noches, cuando entraba en casa, observaba si había luz en la de ellos. Si salían, me clavaba en mi balcón hasta que les veía perderse en las sombras de la calle ó meterse en el Rippert.
Aunque no les visitaba, ni podía intentarlo después que tan ignominiosamente me echaron de su casa, á mí llegaban noticias suyas por diferentes conductos. El mismo Augusto Miquis, á quien llamé para consultarle como médico, me solía decir cosas que me interesaban profundamente. Ambos consortes estaban furiosos contra mí. Para Constantino era yo un traidor infame, ladrón de ganzúa, no de puñal, que es más noble. Tras horrorosas dudas, el pobrecillo había recobrado la fe ciega en su mujer; pero la acusaba de haber hecho misterio de mis solapados ataques. Camila había callado por prudencia. Conociendo el genio pronto, la brutalidad pueril y las exaltaciones justicieras de su marido, temía el escándalo y los disgustos consiguientes.