—No creas á Ramón, borriquita —escribí—. Me he quedado absolutamente mudo. Mejor: así estoy seguro de no decir ningún disparate.
—De poco te valdrá no decirlos si los piensas —me contestó con admirable sentido.
¡Y qué observación tan oportuna! Sobre esto de pensar disparates tengo que relatar una cosa que no quisiera se me quedase en el tintero. Una mañana que estábamos solos Severiano y yo, le dije, no recuerdo si por escrito ó con mi famosa vocecilla, que hallándome amenazado de un segundo ataque, mortal de necesidad, quería hacer mis disposiciones. Lo que salvara de mi fortuna dejaríalo íntegro á Camila y Constantino. A mi amigo le pareció muy natural, y entonces dije yo:
—Quizás esta herencia les perjudique en su opinión. ¿De qué manera se evitaría?
—No me ocurre ninguna.
—¿Te parece que en mi testamento nombre heredero al niño que va á tener Camila?
—¡Claro, tu nene...!
Lo dijo con tal acento de convicción, que creí que me apuñalaba. Protesté con gritos roncos y con gestos convulsivos.
—Infame calumniador, si no te retractas, te muerdo. ¿Tú sabes la atrocidad que has dicho...?
Hablé mucho, gemí é hice garabatos, sin poder convencerle. ¡Desgracia mayor! Yo me daba á los demonios.