—No hables de morirte; yo no quiero que te mueras. Pero si te empeñas en ello y me nombras tu heredera, no haremos la gazmoñería de rechazarlo por una papa ó calumnia de más ó de menos. Nuestra conciencia está en paz. ¿Qué nos importa lo demás? Si algún estúpido sin vergüenza cree que me dejas tu fortuna por haber sido tu querida, Dios, tú y yo sabemos que me la dejas por haberme portado bien.

Me entusiasmó. Le cogí la cara por la barba y le dí un beso, el primero que le había dado en mi vida, tan casto y puro que no lo sería más si hubiera sido ella mi nieta, es decir, dos veces hija. Y lo parecía. Yo estaba viejo, caduco, sin vislumbres de nada varonil en mí; no tenía en mi sér sino la discreción, la gravedad senil, y un desmedido apetito de aplaudir sin tasa los actos de virtud. En esto iba cada día más lejos, y á todo el que me parecía honrado y prudente en cualquier respecto, le manifestaba mi admiración, le aplaudía y le alentaba con aires patriarcales á seguir por aquel saludable camino, único que á la Bienaventuranza eterna conduce.

Cuando Camila y yo hablamos lo que expresado queda, estaba ya ella en meses mayores. Pero conservaba su agilidad, y atendía á mis cosas con tanta solicitud como siempre. Había yo puesto en sus manos todos mis asuntos domésticos; era mi administradora, mi ama de gobierno y mi hermana de la Caridad. A principios de Noviembre la eché muy de menos; pero tuve que resignarme por ley de la Naturaleza á la soledad en que me tuvo durante quince días. El 6 de Noviembre muy de mañana me dijo Ramón que la señorita estaba de parto. ¡Qué afán el mío y qué mal rato pasé, temiendo que no estuviese tan expeditiva como su complexión firme daba derecho á esperar! Pero fué obra de poco tiempo, y aquella sin par hembra, destinada á ennoblecer el linaje humano y á fundar una dinastía de gloriosos borriquitos, se portó como quien era. El mismo Constantino bajó desalado á darme la noticia.

—¿Conque ya tenemos á Belisario? —le dije, abrazándole, sin esperar á que contara el caso.

—Sí; pero no sabes lo mejor...

—¿Qué?

—Que cuando la comadre recogió á Belisario, creyendo el lance concluído, oímos á Camila gritar: «queda otro.»

—¿Otro?

—Sí; y salió César más pronto que la vista, y tan listillo y con tan mal genio como su hermano.

—¡Dos! Pues, hijo, si seguís así, vais á llegar á la Z...