—Todos padecemos en mayor ó menor grado —me dijo amplificando mucho la relación que voy á extractar—, los efectos de una imperfeccioncilla nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres, chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida, bien manía más ó menos rara que no afectaba á la conducta. A unos les ha tocado el daño en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se ha visto que tenían una organización admirable, pero que les faltaba, como se suele decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra familia las altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en ella tantos hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias lastimosas, ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han carecido en sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las mujeres, las ha habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas; pero también las hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más vale no hablar de ellas.

Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador sempiterno, que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su facundia con materiales de invención.

—Usted hubiera sido un gran novelador —le dije; y él, acercándose más á mí, prosiguió de este modo:

—Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos, y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy célebres. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses. Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda haciendo de fantasma para asustar al pueblo.

»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón magnífico para él solo, quiero decir, que ninguna otra persona de la familia se había de enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran poniendo al lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran en Ronda. Y así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más de doscientos cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños ajenos. Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza humana, pues fué el primer galanteador de su tiempo.

»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que criar gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y hacía libros con ellas.

»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas encontraba algún incitativo melindre, que dijo el otro. Cuando se casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá! tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes.

»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el Quijote de memoria, y hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y compuso una obra sobre los alfajores de la tierra.

»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir á tus noticias. Javier fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú, esas melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De pronto le entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y visiones. Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más remedio que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza cuatro años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó con una aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía más que unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su mujer paría siempre gemelos.

»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas. Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del 54.