Francamente, en aquellos días empezaron mis hombros á sentirse cansados bajo el peso de mi familia. Una mañana estaba yo vistiéndome, cuando entró el portero muy afanado y me dijo que la señorita Camila se estaba mudando al cuarto tercero de la derecha, el único que no se había alquilado todavía. Ni mi prima me había dicho una palabra acerca de tomar el cuarto, ni había cumplido ante el portero, que me representaba para aquel caso, ninguna de las formalidades que la ley y la costumbre establecen para ocupar una casa ajena.
—No me he atrevido á decirle nada —manifestó el portero, sofocadísimo—. Arriba está colocando los muebles con una bulla de cien mil demonios, y en el portal han parado dos carros de mudanza. Yo hice presente á la señorita que el señor no había dicho nada, ni se ha hecho contrato, y me respondió que me fuera enhoramala, que ella se entendería con el señor y... que yo no soy nadie. Conque vengo á ver...
No quise tomar una determinación ruidosa, y dejé que mi prima ocupase el cuarto, resuelto á cantar muy claro al feo de Miquis las obligaciones que contraía por el hecho de ocupar mi propiedad. Más tarde se personó en mi presencia la propia Camila, y me dijo:
—Perdona, primito, comparito, que hayamos tomado tu casa por asalto. La ví ayer tarde, y me gustó tanto que no he querido que pasase el día de hoy sin estar en ella. No creas, te pagaremos religiosamente, te daremos dos meses en fianza. ¿No bajas nada de los siete mil? En fin, por ser compadre, te daremos seis mil quinientos, y no resuelles, porque será peor. Te pagaremos cuando tengamos dinero, que ojalá sea pronto... Y calla, hombre, calla: ya sé lo que me vas á decir. Tienes razón, esto es un abuso; pero por algo somos compadres. Nosotros los Buenos de Guzmán tenemos así este genio pronto. Me voy, que tengo que dar una mamada á mi cachorro. ¡Ah! nuestra casa está á tu disposición. Puedes subir cuando quieras y nos acompañaremos mutuamente. Estás muy solito, y te aburrirás en este caserón. Nosotros no salimos, no vamos á ninguna parte. Estoy consagrada á darte un ahijado gordo y rollizo. Sube y lo verás.
Subí aquella tarde. Camila, sin reparo alguno, sacó el pecho en mi presencia y se puso á dar de mamar al inocente. Mi ahijado no era bonito, ni robusto, ni sano. Cuando no tenía el pezón en la boca, estaba consagrado exclusivamente á la ejecución de un interminable solo de clarinete que atronaba la casa. En ésta no se podía dar un paso. Ningún mueble estaba aún en su sitio, y el gañán de Constantino no hacía más que clavar clavos por todas partes, rasgándome el papel, descascarándome el estuco, y dando tanto porrazo, que parecía haberse propuesto destrozarme todos los tabiques.
—La casa me gusta —díjome Camila obligándome á sentarme en una silla á su lado, después que me acercó á los labios la carátula roja de su feo muñeco para que la besase—, me gusta mucho; pero tiene grandes defectos, sí; defectos que me harás el favor de corregir inmediatamente.
—Conque inmediatamente... ¡qué ejecutivo está el tiempo!
—Chitito, callando, y obedecer. Mira que tengo malas pulgas... Pues sí, es preciso que mandes acá tus albañiles mañana mismo. Necesito que me abras una puerta de comunicación en este tabique que está á mi espalda. No sé en qué estaba pensando el arquitecto cuando trazó la casa. No se les ocurre á esos tipos que todas las habitaciones de una crujía deben estar comunicadas. Necesito, además, que des luz al cuarto de la muchacha, bien por el patio, bien por la cocina, poniendo una vidriera alta, ¿entiendes? Fíjate bien; parece que no haces caso de lo que se te dice... Otra cosa: es preciso que me pongas una cañería desde el grifo de la cocina al cuarto del baño, para llenar cómodamente la tina. Y de paso me abrirán otra puerta de comunicación entre dicho cuartito del baño y el comedor. Harás que me pongan campanillas en todas las piezas, pues sólo dos las tienen, y en la sala quiero chimenea. Voy á hacer de la sala gabinete, y aunque yo no tengo frío, las visitas... ya ves. Voy á dar tés danzantes.
—Dí de una vez que mande construir de nuevo la finca —repuse tomando á broma sus reformas.
—No te hagas el tontito. ¡Ah! desde que eres casero te has vuelto tacaño, antipático... Ya no eres el caballero de antes; ya no piensas más que en sacarle el jugo al pobre... Pues mira, tú te lo pierdes. Si no haces las obras que te he dicho, nos mudaremos y se te quedará el cuarto vacío. Conque á ver qué te conviene más.