Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual si me hubiera quitado de encima del corazón un peso horrible. No quise ir al entierro, y Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza esta resolución mía. Cuando se extinguió en las piedras de la calle el ruido del último coche, mis trastornados sentidos querían volver á la apreciación clara de las cosas. Pero la imagen del infeliz hombre que había despedido su último aliento sobre mi pecho, clavándomelo como un puñal, no se me apartaba del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus sentimientos respecto á mí? ¿Qué noción moral era la suya, cuál su idea del honor y del derecho? Ni aun viendo en él lo que en lenguaje recto se llama un santo, podía yo entenderle. ¡Misterio insondable del alma humana! Ante él no hay que hacer otra cosa que cruzarse de brazos y contemplar la confusión como se contempla el mar. Querer hallar el sentido de ciertas cosas es como pretender que ese mismo mar, desmintiendo la ley de su eterna inquietud, nos muestre una superficie enteramente plana.

¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me resistía á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí que no me permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de mi compasión, ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi vida, ¡ay!, estará delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de Carrillo, sin que me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio infinito, que encerrada en una fórmula la debilidad humana.

A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare. El gran dramático me miraba con sus ojos de bronce, y yo no podía apartar los míos de aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja el molde de un mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que piensa; de aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas la emisión de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos rezan delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma.

Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que fueron á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban su madre y hermanas. En los susurros de su conversación queda, me pareció entender que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su regazo, dormido, al niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más tarde, cuando mi tío Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del cementerio, ostentando este último una aflicción decorativa, que tenía tanta propiedad como el león disecado con que se retrataba, me alejé del gabinete para no oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí, como los tiroteos alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera la muerte del pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí tras de mí unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me llamaba por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de mí. Le cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él se puso al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al cuello. Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en la casa reinaba, y en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos negros advertí una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero que anunciaba la formación del hombre y los rudimentos de la reflexión humana. Después de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle por lo muy conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era de éstos que quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y que se incomodan cuando no se les presta una atención absoluta. Para satisfacer su egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas de un caballo, para que les pongáis la cara bien recta delante de la suya. Lo que me tenía que comunicar era esto:

—Dice Quela que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te quedas aquí.

Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara.

—Dice Quela que tú... vas á ser mi papa...

Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar categóricamente á las cosas más graves que yo había oído en mi vida. Porque sí: jamás de labios humanos brotaron, para venir sobre mí, como espada cortante, palabras que entrañaran problemas como el que formulaban aquellos labios de rosa.

Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme de nadie me marché á la mía.