—¿Yo qué he hecho para que me trates así?
Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo, inexplicable anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo que ella decía que era negro.
—Es que estoy notando en tí una cosa rara —prosiguió—. ¿Tienes alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me habrá calumniado alguien...?
Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo:
—Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré estado triste.
Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de familia. Insistí, no obstante, en que el funeral fuera modesto, y ella convino razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta que no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente, para arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos con que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos de amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo que antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos, pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios, me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que fueron, cuando se restableciese mi equilibrio.
II
Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente. Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para penetrar hasta donde estaba lo importante, tuve que desmontar una capa enorme de apuntes y notas sobre la Sociedad de niños y otros asuntos que no venían al caso. Todo lo que había sobre la administración de la casa era incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos de su antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á poco fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que era ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como, por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos pertenecientes á la Sociedad de niños, y era forzoso restituirlos.
Sin rodeos pinté á mi prima la situación.
—Estás arruinada —dije—. Si no se acude pronto á salvar lo poco que aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como alguien no se la dé por caridad.