Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:
—Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.
Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían tenido alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba yo. A su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y modales chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; otras le decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, gritando:
—Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...
Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco decentes á mi ver.
El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de estar muy atrasado en su carrera.
—Pero usted —le preguntaba yo—, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?
Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el sable y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del ejército. Francamente, me daba tanto asco, que le volví la espalda sin decirle nada. No le creía merecedor ni aun de la impugnación de sus estupideces. María Juana, que estaba allí, díjome aparte con mal contenida ira:
—Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.