—¿Te quieres callar? —gritó llegándose á mí y amenazando sacarme los ojos con una aguja de media—. Tú no me conoces.
—¡Oh! sí, demasiado te conozco. Eres una mala cabeza. Pero hay que declarar que tienes algún mérito. Has domesticado á Constantino. Hay casos de esto: dos fieras juntas se doman mutuamente. Y Constantino parece otro hombre. Es más persona; sabe tratar con la gente; no tira ya aquellas coces; no habla de pronunciarse como si hablara de fumarse un pitillo; no juega, no bebe, no disputa...
—Todo eso es obra mía, caballero —observó Camila con acento de inmenso orgullo—. Es que esta tonta tiene mucho de aquí, mucho talento.
Volvió sus ojos hacia el retrato de Miquis, desnudo de medio cuerpo arriba.
«¿Pero no te da vergüenza —le dije— de que la gente entre aquí y vea ese mamarracho? Mil veces te he dicho que lo eches al fuego, y tú sin hacer caso. Tienes un gusto perverso. Es que da asco ver ahí ese zángano de circo, enseñando sus bellas formas, con esos brazos de mozo de cordel, y esa cabeza de bruto.
—¿Te quieres ir á paseo? Vaya con el señorito éste... ¿Pues qué tiene de feo ese retrato? Bien guapo que está. ¿Qué querías tú? ¿que mi marido fuera como esos tísicos que se van cayendo por la calle, porque no tienen fuerzas para andar?... ¿como esos palillos de dientes en figura de personas? Francamente, no me gustaría un marido á quien yo pudiera retorcer el pescuezo, ó arrancarle un brazo de una mordida. Constantino es hombre para cogerte como una pluma y tirarte al techo.
—¡Angelito! Tirando de un carro quisiera verlo yo.
—Pues no es tan bruto como crees —declaró enojándose—. Yo podría probártelo... Pero no quiero probarte nada. Donde lo ves, es un ángel de Dios, que me quiere más que á las niñas de sus ojos. Si le mando que se eche por mí en una caldera hirviendo, créelo, lo hace.
—Buen provecho á los dos... No te digo que no le quieras, Camila; pero, mira, haz el favor de no tener más chiquillos: te vas á poner fea; no te acuerdes más de las letras del alfabeto.
—Pues sí que los tendré —dijo poniendo una cara monísima de niña mal criada, y machacando con el puño de una mano en la palma de la otra—; los tendré... ¡y rabia! Y llegaré á la N... ¡y rabia! ¡Y tendré á Napoleón... y toma, toma, toma hijos!