—Esta pieza la conozco —manifestó la de Medina, entrando con aire regio y calándose los lentes para arrojar una mirada en redondo á la estantería de roble—. ¿Verdad que es bonita? ¿Cuánto le costaría á Eloísa esta tanda de roperos?
—Vete á saber... Más costaría lo que está dentro —respondí sin hacerme cargo ya de nada más que de Camila, á quien vimos... Pero esto merece párrafo aparte.
VI
Estaba mi indómita borriquita sentada en una silla, con un pie descalzado, probándose botas y zapatos de Eloísa, que Micaela iba sacando de uno de los armarios.
—Mirad, mirad —gritaba Camila, riendo y muy excitada—. Hay aquí quince pares de botinas nuevecitas. Si parece que no se las ha puesto más que una vez...
—¡Dios mío! —exclamó la hermana mayor dando á su voz los acentos más enfáticos de la justicia—. ¡Tal gastar de mujer! Es verdad: si está todo nuevo...
—Mira qué par —decía la otra—. ¿Y éstas bronceadas? ¿Ves qué pespuntes? Lo menos valen ocho duros. La suerte de ella es que yo tengo el pie un poquito más grande que el suyo; que si no, aquí me surtía para tres años. Estas me vienen que ni pintadas, y las hago noche. ¿No te parece, José María, que debo llevármelas?
—Sí, hija: apanda todo lo que puedas. Bien ganado te lo tienes con velar aquí noche y día.
Y seguía probándose botas...
—¡Ay! ésta cómo aprieta; pero se irá ensanchando... Nada, para mí. Lo que siento es que no haya calzado de hombre, para abastecer también á mi marido... Veamos esta otra. Mira, ¡qué bien! Ni encargadas, chico.