Y volviéndose á mí Eloísa:
—¡Ay qué escena te perdiste la otra noche! ¡Yo estaba muriéndome, y, sin embargo, me reía! Todo fué por no sé qué tonterías que le dijo el marqués á Constantino. Él se puso como un tomate. Habías de ver á mi hermana. Cuando el marqués se fué, saltó como una hiena contra su marido... le cogió por las solapas, empezó á decirle cosas; ¡pero qué cosas!... ¡Cuando yo me reí, estando como estaba...! Luego le olía la cara, el pecho; le olfateaba como los perros, diciendo: «Sí, no me lo niegues... ¿No te da vergüenza, truhán? Traes pegado el tufo ó el bouquet podrido... Lárgate, quítate de delante de mí, no me pegues esa peste... Me divorcio, no quiero más hombre; me emancipo, me adulterizo...»
Eloísa la imitaba muy bien. Camila, bastante colorada y sin apartar los ojos de su obra, se sonreía de esa manera equívoca en que las contracciones de los labios son como un esfuerzo destinado á impedir que broten lágrimas.
—Al pobre Constantino un sudor se le iba y otro se le venía —prosiguió la otra—. No decía más que «pero, mujer... si no huelo, si no huelo...»
Por fin vimos brillar la lagrimilla en las pestañas de la señora de Miquis. ¡Qué mona estaba! Me la hubiera comido.
—Vaya, cállate ya —dijo á su hermana—. No me hables más de ese pillo.
—¿Pero no le has perdonado todavía? ¡Qué tonta eres!
—Hija, un desliz... ¿Qué hombre, por santo que sea, no tiene un mal pensamiento?
—¿Pero tú estás segura de que olía? —apuntó María Juana.
Hicimos coro las dos y yo para impetrar el perdón del oliente culpable; pero Camila no se daba á partido. Después se serenó un poco; nos dijo que Constantino deseaba le dieran un mando en la reserva, y que ella se oponía si el destino era fuera de Madrid.