—¡Hala! carga con el Muller, y vete subiendo, ¡arre! —dijo á su marido, que obedeció.

Quedóse ella detrás, y cuando el otro estaba ya en la escalera, volvióse hacia mí y me dijo con secreteo:

—No quería hablarte de esto delante de mi cara mitad; pero en dos palabras, ahora que él no nos oye...

—¿Qué? —preguntéle con afán.

—Que me vas á dar toda la ropa que deseches. Yo veo que tú te haces muchos trajes muy buenos y que sólo te los pones un mes. Es un despilfarro. Yo aprovecharé para mi pobre Bertoldo lo que me quieras dar. Es una lástima que lo des todo á tus criados.

—Pero, mujer, es humillarle...

—Déjate de monsergas... Me das unos pantaloncitos, ó dos, ó tres, y yo se los arreglo á él... Lo mismo te digo de algún chaqué ó americana.

—Me parece que...

—Él no chista si yo se lo dispongo así. ¡Que es humillante...! Ríete de tonterías. Lo que yo quiero es no gastar dinero.

Pensé decirle que se encargara, por cuenta mía, toda la ropa nueva que quisiese; pero esto no habría pasado seguramente. Despedíla en la puerta, y subiendo á escape la escalera, me saludó desde el segundo tramo con un gesto y una cabezada. No cerré mi puerta hasta que no sentí el golpe de la suya, cerrándose tras ella.