—¡Claro!... como que me van á poner en la Biblia... ¡Ea! se acabaron las papas. Ahora me haces el favor de marcharte á tu casa. Tengo mucho que hacer y no estoy para espantajos.
—No me voy, Camila, sin una esperanza siquiera... promesa al menos...
—¿Promesa de qué? ¿Habráse visto tonto igual? Que me vuelvo á quitar la bota... Eres tan sinvergüenza, que por verme una pierna te ha de gustar que te pegue. Estos tísicos son así. Pues no, no te pego más; no me da la gana. Unicamente te desprecio... Conque ve despejando el terreno, si no quieres que se lo cuente á Constantino. Hasta aquí he sido prudente; pero me pones en el caso de no serlo. Si él sabe lo que me has dicho... ¡Jesús de mi alma la que arma! Ya te estoy viendo volar hasta el techo.
—Pues díselo... cuéntale todo. En mi estado, deseo cualquier disparate...
—¿Sí? No lo digas dos veces. Mira que canto...
Estaba destapando pucheros. De pronto la ví atendiendo con cara de Pascua á cierto ruido en la escalera.
—Ya viene... es él... Le conozco en el modo de trotar. Sube los escalones de tres en tres... Compara, hombre, compara contigo, que cuando subes llegas aquí ahogándote, medio muerto. Lo que yo digo, la vida alegre...
Fuerte campanillazo anunció al amo de la casa que venía de la oficina. Corrió Camila á abrirle, y oí como una docena de besos fuertemente estampados, ósculos de devoción y fe, como los que dan las beatas, echando toda el alma, á las reliquias de un santo que hace muchos milagros. El burro entró en la cocina.
—Hola, chico, ¿tú por aquí?
—¿Qué me traes? —le dijo Camila.