—Si el alza sigue acentuándose —me dijo—, y yo creo que seguirá, porque cada día vienen del extranjero más órdenes de compra, creo que saldremos muy bien usted y yo.
Y variando de tono y asunto:
—Es preciso que usted no se distraiga tanto con las faldas, so pena de que se le vaya el santo al cielo y no dé pie con bola en los negocios. Observe usted que todos los que al entrar por las puertas de la contratación no supieron desprenderse de los líos de mujeres, han salido con las manos en la cabeza. Hombre enamoriscado, cerebro inútil para trabajar.
Todo esto me parecía inspirado en la más sana filosofía; no así lo que me manifestó poco después, y que á la letra copio:
—Ya sé lo de esa pobre Camila. Es usted incorregible, y al fin las pagará todas juntas. Agradezca usted que hasta ahora no ha dado más que con bobos; pero algún día, donde menos se piensa salta un hombre, un marido digno, y entonces podrá usted encontrar la horma de su zapato... En Camila no extraño nada: es, como su hermana Eloísa, otra que tal; allí no hay seso... ¡Oh! me cupo en suerte lo único bueno de la familia, el oro puro; lo demás todo es escoria... Sí, sí; ya sé lo que usted me va á decir: que es calumnia; sí, estas cosas son siempre calumnia: por ahí se sale...
—Pues sí que lo es —exclamé, sin poder contener la indignación que me salió á la cara—. Pues sí que lo es, y extraño mucho que una persona tan recta como usted se haga eco de ella.
Algo más iba á decir; pero me asaltó la idea de que su error podía ser la clave de su inopinada benevolencia, y no extremé los esfuerzos para sacarle de él. De esta manera se enlazan en nuestra conciencia las intenciones, formándose un tan apretado tejido entre las buenas y las malas, que no hay después quien las separe.
—Es usted una mala persona —me dijo al fin sonriendo—; pero para que vea que me tomo interés por usted, voy á darle un consejo: venda lo más pronto que pueda las Obligaciones de Osuna.
Por la noche fuí á comer á su casa. En María Juana noté un marcado propósito de no entablar conversación conmigo sino delante de otras personas; pero en las pocas frases sueltas que cambiábamos, cuando no se nos interponía el guarda-cantón de carne de No Cabe Más, advertí cierta ternura y como un deseo de explicarse conmigo. Sin duda me había perdonado mis brutalidades del día famoso.
—Para que comprendas lo irritado que estaba —le dije—, y puedas explicarte la grosería con que te traté, me bastará declarar que daría hoy no sé cuántos años de vida por poder probar la inocencia de Camila, esa inocencia en que nadie cree, y que, sin embargo, es tan cierta, tan clara como la luz.