—¿Pero sin oirme me condenáis?... ¿Tú también, Camila?

—Yo la primera.

—Usted no puede ser nunca mi amigo —declaró el manchego, como se dice una frase aprendida—, ni aunque se me ponga de rodillas delante y me pida perdón...

Al decirlo miraba á su mujer como para recibir de ella la aprobación de la frase. Ella se la había enseñado.

—¡Qué atrocidades dices! —exclamé con afán.

—Ni aunque me pidiese usted perdón de rodillas.

—¿Y si lo hiciera...?

—Creería que me engañaba usted otra vez, como cuando se fingía mi amigo para poner varas á mi mujer.

—Bien, bien —gritó Camila, dando palmadas.

Aquello de las varas era improvisado, y por eso tenía ante el criterio de la esposa maestra un mérito mayor.