Pero como él era un Hércules y yo me había quedado sin fuerzas para estrangular á un pollo, debía prepararme á resistir su agresión por los medios más adecuados, haciéndome acompañar de un buen revólver. En cuanto le viera venir á mí con ademanes hostiles, le metía seis balas en el cuerpo, y á vivir.

Transcurrían días; yo me le encontraba algunas veces en el portal ó en la calle, y pasaba junto á mí sin mirarme. ¿Por qué no me atacaba? Por María Juana supe que no quería ajustarme las cuentas mientras fuera mi inquilino.

—¡Qué delicados están los tiempos! —dije—. ¿Y por qué no se muda de una vez?

Era que la casa de Torres estaba aún un poco húmeda, y esperarían á Julio. «Pues si tan largo me lo fías —pensé, metiendo el revólver en un cajón de la mesa—, no quiero llevar más este chisme peligroso.» Y no volví á sacarlo.

También entendí (todo se sabe) que la calumnia que pesaba sobre ellos les daba no pocos disgustos. A Camila le hicieron algunos desaires las de Muñoz y Nones. Medina había dicho á su mujer, tratándose de invitarla á una comida, que no quería prójimas en su casa... Por consecuencia de esto, viéronse alguna vez cargados de nubes los cielos de aquella alegría espléndida. La borriquita lloraba á ratos, sola ó delante de Constantino, y á éste le entraban tales furores de venganza, que Camila se violentaba por restablecer la paz. Eran sin duda menos felices, porque eran menos inocentes; ambos sabían algo más de la malicia humana; sin ser pecadores, habían probado las amarguras de la sospecha, la manzana apetitosa é indigerible, y de buenas á primeras se habían avergonzado de la desnudez de su inocencia. Creyeron que el mundo era esencialmente bueno, y de pronto salíamos con la patochada de que estaba lleno de picardías, de asechanzas, de trampas armadas entre las hojas verdes, de abismos revestidos de flores. Había que andar por él con mucho cuidado, midiendo las acciones, las palabras, y tapándose bien. Los antes descuidados y aturdidos habían de vivir ahora precavidísimos, atentos al más leve rumor, súbditos del inmenso y despótico imperio de la opinión.

Pues bien: todo este mal venía sobre mi propia conciencia. Pensad cuánto me lastimarían peso y dolor tan grandes, añadidos á los de mi pasión loca y al estado de desaliento en que me encontraba. No me preguntéis qué hice, en orden de negocios, en aquella cruel temporada. Fuera del préstamo gordo que hice á Severiano con garantía hipotecaria de su finca las Mezquitillas, ¿en qué me ocupé? Creo que yo mismo lo ignoraba, y á no ser por las consecuencias, seríame muy difícil dar aquí cuenta clara de mis operaciones. Varias veces en la Bolsa pronunciaba los sacramentales doy y tomo, sin saber ni lo que daba ni lo que tomaba. Barragán me dijo que era preciso ponerme curador, y creo que no le faltaba razón. La liquidación de Mayo me había sido favorable, y alentado por el éxito me enfrasqué á mitad de Junio en combinaciones un tanto arriesgadas. Samaniego no pudo publicarlas, porque eran de tal cuantía mis compras, que hubiera tenido que aumentar considerablemente su fianza; mas yo no veía ya los peligros que en otras épocas viera: habíame vuelto temerario y despreocupado como los aventureros y agiotistas más audaces. Que perdía... ¿y qué? De nada me servía ya el dinero si estaba seguro de morirme pronto. Yo no tenía hijos ni herederos directos á quienes dejarlo. Si ganaba, mejor; pero el perder, que tanto me asustaba antaño, érame ya punto menos que indiferente.

Sentíame muy mal, agobiado, decaído, sin fuerzas para nada, la memoria padeciendo horribles eclipses, la inteligencia envuelta en nieblas, la palabra muy torpe. Aquel módulo que me había enseñado Raimundo para ejercitar los músculos de la lengua, se me olvidó un día. No sé pintar lo que me atormentaba el no poder recordarlo, y los esfuerzos que hice para traer á mi mente aquellas palabras que se me habían ido, como pájaros escapados de su jaula. Todo inútil: tuve que llamar á Raimundo y rogarle que me lo repitiera.

—¿Qué, hombre?...

—La matraca, hijo; la recetita aquélla del triple trapecio.

Y me la dijo, echando chispas, y la escribí para que no se me volviera á olvidar.