—¡Y lo dices con esa calma! Severiano, tú tomas esto como cosa de juego. ¿No me ves con el agua al cuello?

—A mí me llega á la coronilla —díjome con la misma pachorra, señalando lo más alto de su cabeza.

—¿No tienes quien te preste?

—¡Yo! —exclamó con el acento que se da á lo inverosímil—. ¡Yo quien me preste!...

—Pues nada, como quiera que sea, tienes que buscarme dinero. Empeña la camisa.

—La tengo empeñada —replicóme con cierto estoicismo de buena sombra.

—Vamos, no bromees... mira que... Vende tus caballos.

—Los he vendido... Hace tres días que estoy saliendo en los de Villamejor.

—Pues vende las Mezquitillas... Véndelas. Yo necesito mi dinero.

—Estás turulato. Tratamos por cinco años.