—Usted está en Babia, señor de Rodríguez, ó se ha vuelto tonto ó no entiende el castellano. Yo indiqué á usted que podía poner á la disposición de José María mil reales... ni más ni menos.
Raimundo no me visitaba tanto como á mi parecer debía esperarse de sus obligaciones de gratitud hacia mí. Pero las más de las noches iba un rato tan trigonométricamente trastrocado como siempre, se me sentaba al lado y empezaba á hacer chistes para distraerme. Pero ocurría una cosa muy rara, y era que ya no me hacían gracia maldita las ingeniosidades de aquel juglar de la frase. Sabíanme todas las suyas á fiambre pasado, ó manjar sin sazón. Era un amaneramiento y un repetir de fórmulas que se me sentaban en la boca del estómago. Yo no me reía ni pizca, para que se marchase pronto y me dejara en paz.
Aquella noche, después de acostarme y de haber dormido un poco, ví á Eloísa andar por mi cuarto. Ni yo sabía qué hora era, ni estaba seguro de hallarme despierto. La ví pasar como una aparición por detrás del tablero inferior de la cama, venir hacia mí por el costado derecho, inclinarse para mirarme, retirarse después, dar la vuelta, los ojos siempre fijos en mí. Y francamente, parecióme hermosísima. Ni le dije nada, ni ella á mí tampoco. Cerré los ojos, y la sentí en cuchicheos con Severiano. Parecía que disputaban. Me dormí, y la visión se borró en mi cerebro. A la mañana siguiente, la impresión permanecía, y pregunté á mi amigo que de qué hablaba con la prójima. A lo que me contestó:
—Nada, tonterías; no me acuerdo...
Importábame más otra cosa, y sobre ello caímos con verdadero afán.
—Creo que al fin se arreglará esto con la ayuda de todos los amigos —me dijo—. Pasado mañana vencen las Pastoriles letras. No te ocupes de ello y déjame á mí... Desde ahora te aseguro que serán pagadas. Cómo, no lo sé; pero tú no has de quedar mal.
Curiosidad tuve de saber cómo se arreglaba. Y ved aquí á la solícita y prudente María Juana venir á mí con los ocho mil duros, muy tapaditos, en un lío de billetes envuelto en su pañuelo, y dármelos, acompañando el don de estas palabras:
—No puedes figurarte qué fatigas representa para mí este favor que te hago. Lo menos seis meses tendré que estar diciendo mentiras á Medina, y cree que esto me lastima mucho. Mentir á Cristóbal es escupir al cielo, hijo mío. Pero es forzoso hacerlo y se hace. Si te salvo de la deshonra, esta idea tranquilizará mi conciencia, que está, puedes suponerlo, bastante alborotada. Se irá calmando con la meditación de los males que nos trae el apartarnos del camino derecho, y con practicar la mayor suma de buenas obras... Conque entérate. Supongo que la facultad de contar dinero no se te habrá ido, pobre niño inválido. Y si gobiernas bien con tu mano derecha, no estaría de más que me hicieras un recibo...
Prestéme á ello con el mayor gusto, y aun le ofrecí interés, que rechazó escandalizada.
—Por ningún caso —me dijo—, y ni el reintegro de la suma aceptaría si no fuera porque me será difícil justificar la inversión de ella, si algún día se entera Cristóbal y... Parte de este dinero es mío; parte de una amiga que me lo entregó para que se lo colocáramos, y algo es de lo que Medina me ha dado para los gastos de la casa, muebles y otras cosillas.