¡Y qué observación tan oportuna! Sobre esto de pensar disparates tengo que relatar una cosa que no quisiera se me quedase en el tintero. Una mañana que estábamos solos Severiano y yo, le dije, no recuerdo si por escrito ó con mi famosa vocecilla, que hallándome amenazado de un segundo ataque, mortal de necesidad, quería hacer mis disposiciones. Lo que salvara de mi fortuna dejaríalo íntegro á Camila y Constantino. A mi amigo le pareció muy natural, y entonces dije yo:

—Quizás esta herencia les perjudique en su opinión. ¿De qué manera se evitaría?

—No me ocurre ninguna.

—¿Te parece que en mi testamento nombre heredero al niño que va á tener Camila?

—¡Claro, tu nene...!

Lo dijo con tal acento de convicción, que creí que me apuñalaba. Protesté con gritos roncos y con gestos convulsivos.

—Infame calumniador, si no te retractas, te muerdo. ¿Tú sabes la atrocidad que has dicho...?

Hablé mucho, gemí é hice garabatos, sin poder convencerle. ¡Desgracia mayor! Yo me daba á los demonios.

—Tú mismo has confirmado lo que yo sospechaba —aseguró mi amigo con su calma habitual—. La otra noche, á eso de las doce, dormías, y en sueños dijiste: ¡Belisario... hijo mío! y con una expresión de cariño, con un tono de padrazo bonachón y meloso... Parecía que estabas besando al pobre angelito que no ha nacido todavía, ni nacerá hasta Noviembre, según dijo ayer su mamá.

—¿De veras que pronuncié yo esas palabras? —dije, quedándome como lelo—. Pero, hombre, ¿no sabes que soy idiota? ¿No sabes que soy una bestia...? Es triste que mis ladridos se tomen por razones, y mis absurdos por verdades.