Cuando Camila y yo hablamos lo que expresado queda, estaba ya ella en meses mayores. Pero conservaba su agilidad, y atendía á mis cosas con tanta solicitud como siempre. Había yo puesto en sus manos todos mis asuntos domésticos; era mi administradora, mi ama de gobierno y mi hermana de la Caridad. A principios de Noviembre la eché muy de menos; pero tuve que resignarme por ley de la Naturaleza á la soledad en que me tuvo durante quince días. El 6 de Noviembre muy de mañana me dijo Ramón que la señorita estaba de parto. ¡Qué afán el mío y qué mal rato pasé, temiendo que no estuviese tan expeditiva como su complexión firme daba derecho á esperar! Pero fué obra de poco tiempo, y aquella sin par hembra, destinada á ennoblecer el linaje humano y á fundar una dinastía de gloriosos borriquitos, se portó como quien era. El mismo Constantino bajó desalado á darme la noticia.

—¿Conque ya tenemos á Belisario? —le dije, abrazándole, sin esperar á que contara el caso.

—Sí; pero no sabes lo mejor...

—¿Qué?

—Que cuando la comadre recogió á Belisario, creyendo el lance concluído, oímos á Camila gritar: «queda otro.»

—¿Otro?

—Sí; y salió César más pronto que la vista, y tan listillo y con tan mal genio como su hermano.

—¡Dos! Pues, hijo, si seguís así, vais á llegar á la Z...

III

Sintiéndome cada día más caduco, y temeroso del segundo ataque, cuidéme de revisar mis Memorias y de ver si Ido del Sagrario me había deslizado en ellas alguna tontería. Mas nada sorprendí en aquellos bien rasgueados renglones que fuera disconforme á mi pensamiento y á la exactitud de los casos referidos. De acuerdo con Ido, remití el manuscrito, puesto ya en limpio y con los nombres bien disimulados, á un amigo suyo y mío que se ocupa de estas cosas, y aun vive de ellas, para que lo viese y examinara, disponiendo su publicación si conceptuaba digno del público mi mamotreto... Hoy ha venido el tal á verme; hablamos; le invito á escribir la historia de la Prójima, de la cual yo no he hecho más que el prólogo, á lo que me contesta que aunque ya no le hace caso Pepito Trastamara, ni tiene esperanzas de ser Duquesa, bien vale la pena de intentar lo que yo le propongo. De otras muchas cosas hablamos, extendiéndome mucho en todo lo concerniente á la forma y manera de imprimir estas obscuras páginas. La primera condición que pongo es que no serán publicadas mientras yo viva. Después de mi muerte, puede darse mi amigo toda la prisa que quiera para sacarlas en letras de molde, y así la publicación del libro será la fúnebre esquela que vaya diciendo por el mundo á cuantos quieran saberlo que ya el infelicísimo autor de estas confesiones habrá dejado de padecer.