—Y hacer de maniquí para probar los cuellos y pecheras.

—¡Yo maniquí! Pero, señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar?

—Y clavarme clavos en el pasillo para colgar la ropa.

—¿Y yo qué tengo que hacer? —le pregunté á mi vez.

—Usted, señor tísico, lo que tiene que hacer es plantarse ahora mismo en la calle. Aquí no nos sirve más que de estorbo. ¿No le hemos llenado ya la tripa?

—Dí que me has abrasado vivo. ¡Vaya un modo de despedir á los amigos! No, hija: lo que es los clavos te los he de clavar yo, mientras Constantino escribe á su mamá. Es que me opongo á que nadie más que yo ponga clavos en mi finca.

—¡A ponerse la ropa vieja! —gritó Camila á su marido—, y tú...

—Los clavos, hija, los clavos. Déjame...

—Bueno, consiento. Trabajando se quitan las malas ideas.

Y me trajo un martillo y unas puntas de París tomadas, torcidas y roñosas.