—Es monísima, pero no se harta nunca de dinero. Como usted no va allá por las noches, no sabe que ha puesto mesas de monte. La otra noche decía con terror: «Si José María viera esto, me pegaría.» Los tresillistas le teníamos un miedo de mil demonios. Pregúntele usted á Cícero y á Carlos Chapa. Es de las que dicen: «Cobra y no pagues, que somos mortales...»

¡Qué trabajo me costó disimular mi rabia! Pero con cabezadas, ya que no con palabras, daba yo á entender que todo lo sabía, que todo aquello era historia vieja.

—Es monísima —volvió á decir el Saca-mantecas echando una ojeada á las paredes por ver si hallaba un espejo en que mirarse...— pero ¡ay del que caiga en sus garras!... Cuando está tronada, se queja mucho de tener la pluma en la garganta. Sí, querido, sí: en ciertas mujeres esos estados nerviosos no son más que anemia de bolsillo... Al principio me pareció que la consabida no era como todas. Pero sí, querido, sí: es como todas. Gracias que lo tomamos con calma, y nos quedamos tan frescos cuando un Fúcar nos desbanca.

El miserable, en su vanidad ridícula, quería presentarse también como víctima. Se preciaba de haber recibido favores de Eloísa; pero esto era una falsedad, de que yo no tenía, no podía tener duda alguna. Aquélla era la ocasión de haberle soltado cuatro frescas; pero si lo hubiera hecho, habría entregado la carta y denunciado mi despecho. Preferí contenerme con violentísimos esfuerzos, y dejarme cepillar, cepillar.

—No he conocido mujer de más imaginación —prosiguió— para discurrir modos de gastar. Ella es persona de gusto, eso sí, querido, sí... pero con nada se conforma. La otra noche le alabamos su casa, ¡y nos puso una carita de ascos!... Se lamentó de no tener más que porquerías; de que todos sus muebles, sus porcelanas y bronces son industriales; de que se encuentran idénticos en todas las tiendas y en las casas de Fulano y Zutano; de que no posee cosas de verdadero mérito ni de verdadero chic. «Este lujo, al alcance de todas las fortunas —nos dijo—, me carga; esto de que no pueda usted tener nada que no tengan los demás, me aburre. A veces me dan ganas de coger un palo y empezar á romper cacharros...» Le ponderamos sus cuadros modernos... ¡Pero si se cansa de todo!... Tiene la pretensión de vender estos lienzos para comprar Velázquez y Rembrandts. Hipa por lo grande esta prójima. Cuando se pone triste, dice: «Aquí no hay más que pobretería, imitación.» En fin, que quiere más, más todavía. Siempre que se habla de casas, para ella no hay más que la de Fernán-Núñez. Es su ilusión. Asegura que se pone mala cuando la ve, y que sueña con tener aquella estufa, el Otelo, las latanias plantadas en el suelo, la escalera de nogal, la galería, los cuadros y tapices, la montura de Almanzor y la Flora de Casado. Patrañas, querido. Estas mujeres son el diablo con nervios. A nosotros no nos cogen ya, ¿verdad? Somos perros viejos. ¡Qué Madrid éste! Todo es una figuración. Vaya usted entre bastidores si quiere ver cosas buenas. La mayoría de las casas en que dan fiestas están devoradas por los prestamistas. En otras no se come más que el día en que hay convidados. Los cocineros son los que hacen su agosto. Un detalle que sé por M. Petit: el cocinero de Eloísa, en el tiempo de los célebres jueves, sacó más de seis mil duros. Se ha establecido. Ha tomado la fonda de los baños de Guetaria. ¡Así prospera la industria! En cambio, cuando usted implantó las economías en casa de Carrillo, los criados se marcharon porque no les daban de comer.

—Eso sí que es falso —dije, sin poderme contener—. ¡Hambre! eso no lo ha habido allí nunca.

—Perdone usted, querido —replicó muy serio—: me lo ha contado Quiquina.

—¿Esa italiana...?

—Una mujer deliciosa... Cuando la despidió Eloísa, se fué con la Peri... ¿Sabe usted quién es la Peri? Esa que Pepito Trastamara recogió en Eslava. Mujer hermosísima, pero muy animal. Trastamara la llevó á París para desasnarla; pero ¡quiá! Siempre tan cerril. Dice que le gustan los merecotones en vino. Dice también que su padre murió de una heroísma. Come con los dedos, y hace mil groserías. Pero Pepito y sus amigotes están muy entusiasmados con ella, y sostienen que es la primera medio-mundana que hemos tenido. Se precian ellos de la incubación del tipo. La verdad es que son unos pobres mamarrachos. Yo me divierto con ellos. Pues bien: Quiquina se refugió en casa de la Peri. Allí nos ha contado intimidades de Eloísa... No, no ponga usted cara feroz; no ha sido nada de infidelidades. Cosas de los apurillos de la señora, de sus trazas para procurarse dinero. A Quiquina le hizo sacar del Monte sus ahorros, y aún no se los ha devuelto. Nos hablaba también del pobre Carrillo, ¡que le quería á usted tanto!; de las carantoñas que le hacía su mujer, con otros mil detalles graciosos.

Yo no podía aguantar más. Aquello colmaba el vaso. Las confidencias del Saca-mantecas me revolvían de tal modo el estómago, que poco me faltaba para vomitar el almuerzo. Supliquéle que variara de conversación, y él se echó á reir. Empecé á encolerizarme; se me subió la mostaza á la nariz... Por fortuna entró Jacinto María Villalonga, y se volvió la hoja. Los tres debíamos ir juntos al Ministerio de Fomento, y tomamos café á prisa.