Algo más hablé, dándole á entender que no me inspiraba envidia, sino compasión, y nos despedimos hasta la vuelta.

—Yo no pienso salir de España —añadí—. No quiero hacer gastos. Necesito tapar ciertas brechas y reedificar ciertas ruinas...

Y como él se riera, concluí con esto:

—Los convalecientes compadecemos á los enfermos... Adiós, adiós... Deje usted mandado... Divertirse.

III

Cuando Camila me dijo: «nosotros no tenemos dinero para veranear y nos quedamos en Madrid,» sentí una gran aflicción. ¿De qué trazas me valdría para costearles el viaje y llevármeles conmigo? Dije sencillamente á mi prima:

—Tú no has estado nunca en París: ¿quieres ir á dar un vistazo?

Pero se escandalizó de mi proposición echándome mil injurias graciosas. Yo estaba dispuesto á pagarles el viaje á San Sebastián ó á donde quisieran, y con más gusto lo habría hecho llevándomela á ella sola; pero como no había medio de separarla del antipático apéndice de su maridillo, les invité á los dos.

—Gracias —me dijo Constantino—. Si mi mamá Piedad me manda lo que me ha prometido, nos iremos unos días á San Sebastián ó á Santander en el tren de recreo.

—¡En el tren de recreo! ¿Pero estáis locos?