—Hija —dijo mi tía—, vas á inundar el piso y á pudrir las maderas. Mira qué cara pone éste, porque le estropeas su casa.

—Para eso la pago.

Y salía sin esquivar los charcos, metiendo los pies en el agua. Llevaba zapatillas de baño, de esparto, bordadas con cintas de colores; pero á lo mejor se le caían, y seguía descalza, como si tal cosa, sobre los fríos ladrillos.

Su mamá se reía como yo. Díjome después:

—Es increíble cómo esta cabeza de chorlito ha transformado á su marido. En esto del aseo, ha hecho una verdadera doma. Era Constantino uno de los hombres más puercos que se podían ver. ¡Qué manos, qué orejas, qué cogote! Y míralo ahora. Da gusto estar á su lado. Parece un acero de limpio. Verdad que mi hija se toma todas las mañanas el trabajo de lavarle como lavaba al Currí, cuando tenían perros en la casa.

Poco después, Camila se presentó más vestida. Miquis llegó al comedor, colorado, frescote, con los pelos tiesos, riendo como un niño grande y abrochándose los botones de la camisa.

—Estas lejías no las aguanta nadie más que yo... ¿Ha visto usted qué hiena es mi mujer?

Corría Camila á hacer el almuerzo, pues estaban sin criada, pienso que por economizar.

—Patrona, que tengo gana... que le como á usted un codo si no me trae pronto el rancho.

Y sentíamos rumor de fritangas en la cocina, y estrellamiento y batir de huevos.