—¿Lo quiere usted andaluz, inglés ó árabe?
—No, si no... ¿pero de verdad?... Usted...
La boca se le hacía agua. Camila le miraba con amor entrañable, y luego se dejó decir:
—Acéptalo, no seas tonto. Si te lo quiere regalar...
—Es que yo me enfadaría si no lo aceptara.
Constantino me dió un abrazo tan apretado, que creí que me ahogaba.
—Puesto que Camila no se opone, que sea andaluz, bravío, de estampa, de mucha cabezada, y que ande así... así...
Remedaba con la cabeza y las manos el empaque de uno de esos caballos petulantes que, cuando andan, parecen estar mirándose en un espejo. Luego imitaba el galope: tra-ca-trán, tra-ca-trán.
Poco después advertí en Camila sentimientos de la más pura gratitud por mi ofrecimiento del caballo.
—¡Qué bueno eres! —me dijo, dejándose besar las manos, favor que hasta entonces no me había permitido. Y yo dije para mí: «Hola, hola, ¿qué es esto?» Francamente, era para maravillarme. Mil veces le hice ofertas valiosas sin conseguir que me las agradeciera. Habíale dicho: «Camila, te regalaré un hotel, te pondré coche, te pasaré seis mil duros de renta,» y ella ¿cómo me contestaba? Riendo, injuriándome ó tirando aquellas lindas coces de borriquita enojada, que eran mi encanto... En cambio, aceptaba y agradecía obsequios hechos á su marido. ¿Por qué? Ella se atormentaba con la idea fija de comprar un caballo á Constantino; pensaba en esto á todas horas, y tenía una hucha en la cual reunía dinero para aquel fin. ¡Pobrecilla! El regalo del caballo entrañaba una gran conquista para mí, la conquista del tiempo, porque Miquis se iría á pasear en él todas las tardes. Además, Camila se había entusiasmado con mi oferta, se había conmovido... A veces, por donde menos se piensa se abre una brecha. ¿Sería aquélla la brecha de la inexpugnable plaza, la juntura invisible de una cota que parecía milagrosa?... Lo veríamos, lo veríamos. Me marché gozoso á San Sebastián, diciendo para mí: «Lo que es ahora, borriquita, no te escapas.»