—¿Y si te cayeras al agua?

—No me ahogaría.

—Claro que no, porque te sacaría yo, con riesgo de mi propia vida.

—¡Qué me habías de sacar, hombre! Me sacaría Constantino. ¿No es verdad, asno de mi corazón, que me salvarías tú?

—Si éste apenas sabe nadar...

—¡Que me sacaría, digo; que me sacaría, vaya! —gritaba con fe ciega.

II

Nada, nada, que el dichoso idilio no parecía por ninguna parte, ni en la calma ni en la tempestad. Aquel naufragio de novela con que yo soñaba no quería venir tampoco, y eso que una tarde... Veréis lo que nos pasó. A lo mejor aparecióse por allí un barco de guerra, una de esas carracas que sostenemos y tripulamos con grandes dispendios, para hacernos creer á nosotros mismos que poseemos marina militar. Erase el tal un vapor de ruedas, que tenía en buen tiempo la vertiginosa andadura de cuatro nudos por hora. No servía para nada; pero era novedad estupenda para estos pobres madrileños que nada saben de las cosas del mar. Toda la colonia quiso verlo, y la Concha se llenó de lanchas que iban hacia donde estaba fondeada la petaca. Los gatos de Madrid se quedaban con medio palmo de boca abierta, admirando la limpieza y el orden de á bordo, la gallarda arboladura, que no es más que un adorno, la presteza con que los marineros suben como ratones por la jarcia, la comodidad de las cámaras, el reluciente y limpio acero de la artillería, la abundancia de los pañoles de galleta. Era un jubileo. Nosotros fuimos también. ¡Pues no habíamos de ir...! Tomé un bote y nos metimos en él los tres, con más Augusto Miquis, su mujer y su cuñada. Más de una hora estuvimos á bordo, subiendo y bajando escaleras, registrando todo, acompañados de un oficial. Cuando, terminada la visita, volvimos á nuestro bote, nos sucedió un percance. El mar estaba algo picado. Con los balances que hacía el bote al entrar las personas, por poco zozobramos; después el marinero encargado de que aquél arrimara bien á la escala del vapor se descuidó, y la pequeña embarcación, ya llena de gente, metióse debajo de la escala. El vapor entonces, en un balance, dió un fuerte golpe en nuestra proa con el pico de la escala. Fué como si levantara el pie y nos diera una patada. Por pronto que quisimos desatracar no pudimos, y al siguiente balance, el pico de la escala entró en el bote, oprimiéndolo. ¡Que nos hundíamos!... Fué un momento de pánico horrible. Grito de espanto salió de todas las bocas... Nada, que nos íbamos á pique. Un bulto, una mujer estuvo casi dentro del agua por el costado de estribor. Ciego, me incliné para sostenerla. ¿Era Camila? Yo no ví nada: duró aquello lo que un relámpago, y pasóme fugaz por la cabeza la idea de que yo iba á realizar un acto heróico. ¡Confusión, gritos, agua!... La humana forma que sostuve en mi brazo no era Camila, era la cuñadita de Augusto Miquis. Gracias que al echarle mano me agarré al bote con la izquierda, que si no, ¡sabe Dios...! Los brazos de la niña se me pegaron al pescuezo como un pulpo, sofocándome de tal manera que me habría sido muy difícil ser héroe. Quien hizo una verdadera hombrada fué Constantino, que en el momento aquél rapidísimo del peligro, cogió á su mujer, enlazándola con el brazo izquierdo, mientras echaba la zarpa derecha á la escala del vapor. Se necesitaba para esto una agilidad y una fuerza que sólo él tenía. Quedaron ambos suspendidos; y auxiliados por dos marineros del buque, pronto volvieron á nuestro bote. ¡Ni siquiera se habían mojado...! En fin, que todo quedó reducido á unas cuantas magulladuras, remojones y un grandísimo susto. Pero convinimos en que podía haber ocurrido una gran catástrofe. Pronto nos serenamos, y remando hacia el muelle nos pusimos todos de buen humor, y no hacíamos más que recordar los pormenores del lance, relatando cada cual sus impresiones. Camila reventaba de satisfacción. ¡No se había mojado nada! Apenas había cuatro gotas en su vestido. Y refería cómo le cogió el bárbaro con aquella fuerza de Hércules, y cómo se vieron suspendidos un instante á la escala, mientras el bote se iba á lo hondo. En toda la noche no habló mi prima de otra cosa, ni quedó persona conocida en San Sebastián á quien no refiriese el tremendo conflicto, abultándolo con gallardas hipérboles... «El bote parecía tragado por la mar... la escala subía... Constantino la cogió como una pluma y no le dijo más que agárrate bien... El vapor se los quería llevar... vió los picos de los palos rayando las nubes... se les fué la vista... el agua verde causaba espanto, haciendo un gargoteo de mil demonios...»

Ya estaba yo arrepentido de haberme metido en aquel pueblo, donde jamás se me arreglaban las cosas para pillar sola á Camila. Si ella hubiera querido, no habrían faltado ocasiones; pero como las esquivaba por todos los medios, de nada me valía que yo las buscase.

Descubrió el manchego una sala de armas en la ciudad vieja, y nos íbamos todos los días allá. El ejercicio de la esgrima debía de ser muy saludable combinado con los baños. Augusto nos acompañaba casi siempre para presenciar nuestros asaltos. Su salvaje hermanito, en quien era necesidad orgánica poner en variadas flexiones y contracciones los poderosos músculos, hacía, antes ó después de tirar al florete, ejercicios gimnásticos de los más rudimentarios. Se subía por una cuerda, se colgaba de una barra, andaba largo rato en cuclillas. Contemplábale yo con la admiración que inspira todo bruto incansable. Quizás mi odio me hacía tenerle por más bruto de lo que era en realidad.